martes, 15 de enero de 2013

La biotecnología ¿Nuestro despeñadero?

Discusión entre Francis Fukuyama y Gregory Stolk

Francis Fukuyama
Gregory Stolk













Estimado Francis:
En el debate actual acerca de la clonación subyacen temores más extensos ante las nuevas tecnologías que surgen conforme desciframos la biología humana. Los críticos como usted imaginan que si detenemos la clonación podremos cerrarle el paso a posibilidades como las del "mejoramiento" humano. Pero, conforme desentrañamos nuestra biología, aprendemos a modificarnos a nosotros mismos; y lo haremos. Ninguna ley podrá evitarlo.
     La selección de embriones, por ejemplo, es viable en miles de laboratorios en todo el mundo. Cualquier intento de obstruirla incrementará los peligros potenciales de esta tecnología, al colocarla fuera de nuestro alcance y privarnos así de los primeros indicios de problemas médicos o sociales.
     La mejor razón para no restringir las intervenciones que mucha gente considera seguras y benéficas no es que tal restricción sería peligrosa, sino que sería errónea. La restricción impediría que la gente tomara decisiones que se han concebido para mejorar sus vidas y que no dañarían a nadie. Tales decisiones deben permitirse. Es difícil imaginar cómo una sociedad que nos alienta a mantenernos saludables y vitales podría justificar, por ejemplo, el intento de impedir que la gente se someta a terapias genéticas o que tome medicamentos cuyo fin es retrasar la vejez. Imponer una restricción así requiere de una lógica más apremiante que la afirmación de que no debemos jugar a que somos Dios o que, como usted ha dicho, es indebido trascender la duración "natural" de la vida.
     Asimismo, un esfuerzo serio por obstruir tecnologías benéficas que podrían cambiar nuestra naturaleza requeriría de políticas tan severas e irruptoras que sus perjuicios serían mucho mayores que los que se teme puedan causar las propias tecnologías. Si la guerra contra las drogas —con todos sus recursos— ha fracasado, el gobierno tiene pocas esperanzas de negar el acceso a tecnologías que la gente considera benéficas. Incluso sin una imposición implacable, tales restricciones resultarían en que las tecnologías sólo les serían accesibles a los privilegiados. Cuando el aborto era ilegal en algunos estados de la Unión Americana, los ricos simplemente viajaban a lugares más tolerantes.
     Los laboratorios ya pueden seleccionar un embrión humano de seis células al aislar una sola de ellas, leer sus genes y permitir que los padres decidan si desean implantar o desechar el embrión. En Alemania, este tipo de selección es ilegal. Pero esto no les veda la tecnología a los alemanes ricos. Pueden viajar a Bruselas o Londres, donde es legal. Conforme tales experimentos se vayan haciendo más fáciles e instructivos, las enfermedades genéticas acabarán por relegarse al sector menos aventajado de la sociedad. Debemos pensar en cómo hacer que estos experimentos sean más accesibles, y no en obstaculizarlos.
     Si los padres pudieran elegir embriones con facilidad y sin riesgo, ¿acaso no elegirían los que tuvieran predisposición para varios talentos y ciertos tipos de temperamento? Quizá lo harían. Pero las políticas en la Gran Bretaña para impedir que uno elija algo tan inocuo como el sexo de un bebé son un buen ejemplo de la intrusión indeseable del Estado. Permitir que los que quieren realmente a una niña (o a un niño) lo obtengan no daña al bebé resultante ni causa un desequilibrio de género en los países occidentales. Es posible que surjan algunos procedimientos que casi todo el mundo juzgaría inquietantes, pero podemos esperar a que ocurran verdaderamente los problemas antes de movilizarnos para controlarlos. Las nuevas tecnologías reproductivas no son como las armas nucleares, por las que unas cantidades enormes de espectadores inocentes pueden quedar repentinamente convertidos en humo. Podemos darnos el lujo de avanzar con cautela, ver qué problemas se desarrollan y responder cuidadosamente a ellos.
     El verdadero peligro es que unas vagas amenazas a nuestros valores se usen para justificar incursiones políticas inadmisibles que retrasarán los adelantos médicos. Si el Congreso de Estados Unidos, preocupado por la clonación, prohibiera la investigación de células madre embrionarias que podría conducir a tratamientos para el Alzhéimer o la diabetes —y si usted aceptara que se incluyera su nombre en una petición de apoyo a tales leyes—, habría víctimas reales de eso: gente que en el presente y en el futuro padecería esas enfermedades.
     No canalizamos enormes recursos a las ciencias de la vida por pura curiosidad ociosa, sino por un esfuerzo para mejorar nuestras vidas. Evidentemente, las tecnologías resultantes plantean desafíos: alterarán el modo en que concebimos a nuestros hijos, en que manejamos nuestros estados de ánimo e incluso la duración de nuestras vidas. Nos veremos forzados a encarar la pregunta de qué significa ser humanos. ¿Tendremos la valentía para aprovechar las posibilidades venideras o nos rendiremos antes nuestros temores y retrocederemos, con lo cual les dejaremos esta exploración a espíritus más valientes en otras regiones del mundo? ~

     Atentamente,
     Gregory.
     18 de marzo de 2002

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Estimado Gregory:
Usted ofrece dos argumentos contra la restricción de biotecnologías futuras: primero, que las leyes son innecesarias siempre y cuando las decisiones las tomen los padres en tanto individuos y no los Estados y, segundo, que no pueden imponerse y serían inútiles incluso si llegaran a decretarse. Permítame responder a ambos.
     Si bien las decisiones genéticas que toman los padres tienden a ser, en su conjunto, mejores que las tomadas por Estados coercitivos, hay varios motivos para no otorgarles a los individuos entera libertad de elección en este terreno.
     Los dos primeros son utilitarios. Al meternos en la ingeniería genética de líneas germinales humanas, los problemas de seguridad se multiplican de modo exponencial. La causalidad genética es compleja; múltiples genes interactúan para crear un solo desenlace o un comportamiento, y cada gen por separado tiene efectos múltiples. Dado que un efecto genético a largo plazo puede no aparecer sino décadas después de que se aplicó el procedimiento, los padres quizá tendrán que enfrentar una multitud de consecuencias involuntarias e irreversibles para sus hijos. Esto exige una reglamentación estricta.
     El segundo motivo utilitario atañe a posibles secuelas negativas, fundamento clásico para la reglamentación por parte del Estado, admitido incluso por economistas ortodoxos del libre mercado. Un ejemplo es la selección de sexo. Hoy día en Asia, como resultado del precio bajo de los sonogramas y los abortos, los nacimientos en ciertos sectores revelan una proporción sexual asimétrica: 117 niños por cada cien niñas en China y, en algún momento, 122 niños por cada cien niñas en Corea. La selección sexual es racional desde el punto de vista de los padres individuales, pero le impone un precio alto a la sociedad en términos de la desorganización que puede provocar un grupo grande de hombres jóvenes solteros. Pueden surgir secuelas negativas similares de decisiones individuales; por ejemplo, la de prolongar la vida a cambio de un nivel más bajo de funcionamiento cognitivo y físico.
     Otra serie de inquietudes en torno a la capacidad de "diseñar" niños se refiere al tema ambiguo de en qué consiste mejorar a un ser humano, sobre todo cuando nos internamos en aspectos de la personalidad. Somos el producto de una compleja adaptación evolutiva a nuestro ambiente físico y social. Los procedimientos genéticos realizados por pura moda o corrección política podrían alterar ese equilibrio de modos incomprensibles para nosotros: con el propósito, digamos, de hacer menos agresivos a los niños, más desenvueltas a las niñas, más o menos competitiva a la gente. ¿Se "mejoraría" a un niño afroamericano si se eliminara genéticamente la pigmentación de su piel?
     En última instancia, la discusión atañe a la naturaleza humana misma. A fin de cuentas, los derechos humanos se derivan de la naturaleza humana. Es decir, nos asignamos derechos políticos con base en nuestra idea de cómo los miembros de nuestra especie se asemejan unos a otros y difieren de otras especies. Tenemos la fortuna de ser una especie relativamente homogénea. Las viejas opiniones de que los negros no eran lo suficientemente inteligentes para votar o de que las mujeres eran demasiado emocionales para gozar de igualdad de derechos políticos probaron ser empíricamente falsas. El último capítulo de su libro muestra la perspectiva de un futuro en el que, por efecto de la ingeniería genética, esta homogeneidad se descompondría en grupos humanos biológicos que competirán entre sí. ¿Qué tipo de políticas produciría esta forma de descomposición? La idea de que nuestro orden actual, tolerante, liberal y democrático, sobreviviría a este tipo de cambios es improbable: Nietzsche, no Stuart Mill ni Rawls, sería la medida de las políticas de un futuro como ése.
     Su segunda serie de argumentos asevera que nadie puede detener esta tecnología. Sin duda tiene razón en cuanto que si una técnica biotecnológica futura resulta ser segura, barata, efectiva y muy deseable, los gobiernos no podrían detenerla y probablemente no deberían intentarlo. Lo que yo quiero, sin embargo, no es una prohibición amplia de la tecnología futura, sino una reglamentación estricta en vista de los peligros a que me refiero arriba.
     Hoy en día, reglamentamos la tecnología biomédica constantemente. La gente discute acerca de dónde colocar los diversos límites. Pero el argumento de que, en principio, no pueden reglamentarse procedimientos tan potencialmente riesgosos como, digamos, el de la ingeniería genética de líneas germinales con propósitos de mejoramiento, no tiene ninguna base en la experiencia del pasado.
     Retrasamos el progreso de la ciencia hoy en día por todo tipo de razones éticas. La biomedicina podría avanzar más rápidamente si aboliéramos nuestras reglas acerca de la experimentación humana, como lo hicieron los investigadores nazis, y dejáramos que los doctores les inyectaran sustancias infecciosas a sus pacientes. Imponemos reglas que permiten el uso terapéutico de medicamentos como el Ritalín, al tiempo que prohibimos su uso para el mejoramiento o el entretenimiento.
     El argumento de que estas tecnologías se mudarán a lugares más favorables si se prohíben en Estados Unidos puede tener o no tener peso; todo depende de qué son y cuál es el propósito de la reglamentación. Considero que prohibir la clonación reproductiva es análogo a la legislación que prohíbe el incesto. El propósito de tal prohibición no se vería socavado si unos cuantos ricos pudieran clonarse en el extranjero y, en todo caso, parece que en casi todo el mundo está ganando terreno la preferencia por una prohibición global de la clonación reproductiva. El hecho de que los chinos se queden al margen no es de mucha importancia; los chinos cosechan sin permiso los órganos de prisioneros ejecutados y difícilmente son un ejemplo que quisiéramos emular.
     No creo que un conjunto de reglas diseñadas para encaminar a la biomedicina del futuro hacia fines terapéuticos y no de mejoramiento constituya una intervención opresiva del Estado o rebase con mucho lo que ya se hace en la actualidad. De hecho, lo que usted afirma es que, como las leyes en contra del dopaje de atletas no funcionan el 100% del tiempo, debemos desecharlas y permitir que, en el futuro, nuestros atletas compitan con base en quién tiene el mejor farmacéutico. -
    
Atentamente,
     Francis.
     19 de marzo de 2002


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Estimado Francis:
Usted es tan receloso ante el cambio en general, y ante la nueva tecnología en particular, que ni siquiera reconoce la conveniencia de permitir que la gente haga uso de procedimientos seguros y benéficos que, sin duda, mejorarían sus vidas. Sólo está dispuesto a consentir que, si una tecnología es "segura, barata, efectiva y muy deseable, los gobiernos probablemente no deberían intentar detenerla". Si ni siquiera acepta las tecnologías que se adecuen a esta condición exigente, no admitiría nunca las posibilidades más problemáticas del mundo real. Pero enfrentarse a tales posibilidades fue lo que hizo mejorar tanto la salud durante el siglo pasado.
     En gran parte, se muestra usted vago cuando se trata de precisar exactamente qué debemos prevenir. Es específico en cuanto a la prohibición de la clonación humana, lo cual apenas resulta más riesgoso que pronunciarse a favor de la maternidad. La selección de sexo presenta una situación más interesante. Argumenté que en Estados Unidos este tipo de selección —que, si se realiza separando el esperma, no destruye embriones— es inocua. La selección de sexo no daña a los bebés; de hecho, los beneficia en el caso de que un bebé del sexo "equivocado" pudiera decepcionar profundamente a los padres. Usted menciona el desequilibrio en las proporciones de sexos en China, pero eso no justifica reglamentar esa práctica en Estados Unidos, donde no surgen tales desequilibrios. Se opone a la selección de sexo en Estados Unidos y ha propuesto la formación de un consejo de revisión, similar al que prohibió este procedimiento en la Gran Bretaña, pero ¿puede usted brindar algo mejor que el temor de que la práctica equivaldría a avanzar hacia un despeñadero? Si usted tiene conocimiento de una secuela grave que haya surgido de la selección de sexo en Estados Unidos, me gustaría que me lo informara.
     Como respuesta a mis comentarios acerca de los beneficios obvios de futuros medicamentos contra el envejecimiento, usted señala que "pueden surgir secuelas negativas de decisiones individuales de prolongar la vida a cambio de un nivel más bajo de funcionamiento cognitivo y físico". Esto es cierto, pero constituye una base aterradora para legislar. Me da escalofríos pensar en los consejos reglamentarios encargados de establecer un equilibrio entre los años adicionales que desea un individuo y el costo social de esos años. Si no quiere permitir procedimientos que retrasen la vejez y otorguen vidas más largas y relativamente saludables, entonces ¿por qué no detener todos los tratamientos para los ancianos y para la gente debilitada? Sus años adicionales representan un costo neto, y suspender el tratamiento médico de la gente con más de 65 años haría maravillas por el achacoso sistema de seguridad social estadounidense. De ahí a eliminar los procedimientos médicos que salvan la vida de víctimas de accidentes con lesiones permanentes hay sólo un paso.
     Sin duda usted considera que una clara línea divisoria entre terapia y mejoramiento evitará tales perversiones, pero esta línea se irá haciendo más borrosa en los años venideros. Los procedimientos contra el envejecimiento, por ejemplo, pertenecen al reino amplio de lo que podría catalogarse como "mejoramiento terapéutico". Si lográramos ganar una década adicional al fortalecer nuestro sistema inmunológico o nuestros mecanismos antioxidantes y de reparación celular, esto equivaldría a un "mejoramiento" humano. Pero también sería una "terapia preventiva", pues retrasaría las enfermedades cardiovasculares, la demencia, el cáncer y otras afecciones de la vejez.
     Prohibir el mejoramiento en los deportes puede justificarse, obviamente, porque constituye una violación de las reglas aceptadas del juego. Pero ni usted ni nuestras instituciones políticas poseen un derecho reconocido de establecer las reglas de la vida. Proscribir todo un ámbito de beneficios que no dañan a otros no sólo es impráctico, sino una tiranía. Tiene razón en cuanto a las ambigüedades del "mejoramiento", pero yo no he sugerido la creación de un proyecto gubernamental enorme que busque la perfección humana. Sólo he hablado de la libertad de decisión por parte de los padres que tendería a desembocar en una mayor diversidad.
     No sostengo que los padres no requieran de vigilancia en el empleo de tecnologías avanzadas para la concepción de bebés, sino meramente que tal vigilancia debe ser mínima, debe concentrarse más bien en los problemas reales que en los imaginarios, y debe ocuparse de la seguridad del bebé y no del orden social o la "persona" de los embriones. Cuando se trata de sus hijos, confío más en el juicio de los padres que en el de los consejos políticos o judiciales. ~
    
Atentamente,
     Gregory.
19 de marzo de 2002


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Estimado Gregory:
Usted ha malentendido algunos de los puntos de mi respuesta inicial. La cuestión referente a la selección de sexo no es que sería un problema en Estados Unidos; a fin de cuentas, ya es posible actualmente, pero no se practica en demasía. El asunto es que la decisión individual, aunada a la propagación de tecnologías biomédicas baratas, rápidamente puede producir efectos en el nivel de la población con consecuencias graves. El problema con la eugenesia no es simplemente que la patrocine el Estado y sea coercitiva; si la practica una cantidad suficiente de individuos, también puede tener consecuencias sociales negativas.
     Sospecho que si alguna vez Estados Unidos se mete en esto, será con propósitos eventuales de "mejoramiento" potencial, que no tienen que ver con el sexo. Uno de los temas que discuto en mi libro es el de la preferencia sexual. Me parece claro que incluso los padres que son perfectamente tolerantes con la homosexualidad, optarían por hijos no homosexuales en caso de que pudieran elegir, por la sencilla razón de que desearían tener nietos. La proporción de homosexuales en la población caería en forma dramática y no estoy seguro de si la sociedad en su totalidad (por no hablar de los homosexuales) resultaría beneficiada con un resultado así.
     Los gobiernos pueden intervenir exitosamente para corregir este tipo de decisiones individuales. Cuando se advirtió el desequilibrio en la proporción de los sexos en Corea a principios de 1990, el gobierno tomó medidas para imponer las leyes existentes contra la selección sexual, por lo que actualmente la proporción es casi de 50-50. Si el gobierno de una democracia joven como la de Corea pudo hacer esto, no veo por qué nosotros no podríamos hacer otro tanto.
     Cuando señalé que alargar la vida a cambio de una disminución de las capacidades podría provocar efectos negativos, ello no fue para sugerir que debemos prohibir o reglamentar tales procedimientos. Está en lo correcto cuando dice que ya hemos adoptado numerosas innovaciones médicas que suponen trueques similares. Pero la razón por la cual este tema tiene importancia radica en que, en los debates sobre células madre y clonación, parece presuponerse, sin cuestionamiento alguno, que cualquier cosa que prolongue la vida o cure enfermedades está por encima de otras preocupaciones.
     A mí esto no me parece obvio. Quienquiera que se haya paseado por un asilo de ancianos recientemente se dará cuenta de que ciertos adelantos en la biomedicina han creado una situación horrible para muchos ancianos que no logran funcionar como quisieran, pero tampoco morirse. Los adelantos actuales de la biotecnología quizá ofrezcan curas para enfermedades degenerativas relacionadas con la edad, tales como el Alzhéimer o el Párkinson, pero la comunidad de investigadores apenas está poniendo en orden el desastre que ella misma creó. Así que cuando tratamos de establecer un equilibrio entre efectos positivos y negativos a corto plazo, el argumento de que los adelantos médicos son necesariamente buenos debe manejarse con escepticismo.
     Usted acierta cuando afirma que gran parte de mi interés en que existan nuevas instituciones reguladoras tiene que ver con las consecuencias éticas y sociales de la nueva tecnología, y no simplemente con la seguridad. Los Estados intervienen constantemente para fijar normas y producir resultados sociales. Los beneficios posibles de la clonación deben contraponerse a los daños sociales. Considere la siguiente situación: una esposa decide clonarse porque de otro modo su pareja no puede tener hijos. Conforme va creciendo la hija, al esposo le parecerá que su esposa está más vieja y es menos atractiva sexualmente. En el ínterin, su hija, quien será un duplicado de la madre, florecerá sexualmente y se asemejará cada vez más a la mujer de la que él alguna vez se enamoró. Es difícil no darse cuenta de que tal situación produciría un ambiente poco saludable en la familia; en algunos casos, conduciría al incesto.
     No deseo que haya intromisiones tiránicas en la vida íntima. Recomiendo, más bien, que se amplíen las instituciones existentes a fin de se que tomen en cuenta las nuevas posibilidades a las que nos enfrentaremos como resultado de los adelantos tecnológicos. Esto puede suponer reglamentaciones molestas para la industria y para ciertos individuos, pero no será más tiránico que las leyes actuales que prohíben el incesto o, como en el caso de los coreanos, que las que prohíben la selección sexual. Todas las sociedades controlan el comportamiento social mediante una serie de normas, incentivos económicos y leyes. Lo único que sugiero es que la parte que atañe a las leyes se ponga al día y se fortalezca para lo que viene. ~
    
Atentamente,
Francis.
     19 de marzo de 2002


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Estimado Francis:
Me da gusto saber que está de acuerdo en que la selección de sexo en Estados Unidos no representa una verdadera amenaza. Para mí esto significa que no debe reglamentarse. Más aún, también debemos aplazar la legislación de otras tecnologías similares mientras no surjan problemas. Quizá le preocupen los "efectos en los niveles de la población y sus consecuencias graves", pero su ejemplo del éxito coreano en el manejo de la asimetría de las proporciones de sexo seguramente constituye una prueba de que nos podemos dar el lujo de esperar.
     Consideremos su razonamiento acerca de la clonación. Una cosa es preocuparse por los peligros médicos de una tecnología aún no comprobada, y otra justificar una prohibición total con historias sobre la posible atracción sexual de un futuro padre por la floreciente hija clonada de la esposa. Los hijos no necesariamente tienen que parecerse a uno de sus progenitores para que se propicie el incesto. No podemos lanzarnos a reglamentar a las familias sobre la base de perversiones sexuales hipotéticas. Hay leyes contra el abuso infantil; sólo hay que imponerlas.
     En cuanto a los homosexuales, si hay menos en el futuro debido a las decisiones de la gente respecto a la genética o a la crianza de sus hijos, que así sea. Pero no estoy convencido de que ése sería el resultado. En contra de lo que usted insinúa, los homosexuales sí se reproducen, por medio de óvulos o espermas de donantes, madres sustitutas y parejas del sexo opuesto. Además, este tipo de reproducción se irá facilitando.
     Me da gusto saber que no se opone a las intervenciones contra el envejecimiento; en ocasiones previas, lo había oído decir solamente que los gobiernos no podrían detener tales mejorías. Está en lo correcto cuando afirma que los adelantos en el cuidado de la salud vienen acompañados de desafíos, y que la prolongación innecesaria del dolor y la decrepitud de una persona moribunda no es cosa para jactarse de ella. No constituye razón suficiente para negar el valor de los buenos años adicionales que la medicina moderna le ha otorgado a tanta gente, pero sí para reconocer que debemos encontrar mejores caminos para que los individuos lleguen con dignidad a la muerte cuando ésta ya se avecine.
     Usted dice que sólo está recomendando una ampliación inocua de instituciones ya existentes. No estoy de acuerdo. Entregar las decisiones acerca de la reproducción humana a un proceso político generalmente controlado por los fanáticos de cada bando sería provocar un desastre. Crear nuevas entidades que tengan el poder de proyectar una teoría social e incluso un dogma religioso en la vida familiar equivaldría a desatar un proceso alarmante. (A juzgar por la conformación del comité consultivo para la bioética del presidente Bush, muchos de los encargados de reglamentar serían menos moderados que usted.) Y cuando a los legisladores les da por decirles a los investigadores que no se pueden realizar ciertos tipos de investigación de células madre embrionarias porque las células madre de adultos son igual de eficaces, algo anda mal. Lo que están haciendo estos legisladores es subadministrar un ámbito que no entienden, atentar contra la libertad de investigación y desatender los reclamos de aquellos que padecen enfermedades severas. ~
    
Atentamente,
     Gregory.
22 de marzo de 2002



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Estimado Gregory:
Una de las virtudes de su libro es que usted está dispuesto a tomar ciertos riesgos al predecir qué cambios se pueden esperar dentro de la tecnología del mejoramiento genético en un futuro a largo plazo. En el último capítulo, sugiere una serie de cosas que podrían ocurrir en un mundo futuro, en el que diversas formas de mejoramiento genético se tornan seguras, efectivas y económicas. Sugiere que la reproducción por medio del sexo podrá desaparecer del todo como resultado de las dificultades en el manejo de cromosomas artificiales in vivo. La reproducción no podría suceder fuera de un laboratorio. Con entera libertad, podríamos alterar nuestras personalidades y nuestros estados de ánimo por medio de medicamentos y de genética.
     Pero, sobre todo, desaparecería la raza humana. Usted sugiere que habría una diferenciación dentro de nuestra especie y, de hecho, una nueva evolución de la especie. Algunas personas decidirán mejorar la habilidad musical, la proeza atlética o el talento matemático de sus hijos. Habrá una división social entre los "mejorados" y los "no mejorados", y en la situación que surgirá difícilmente se podrá evitar que la gente se una a esta carrera de armas genéticas. Además, la diferenciación genética se convertirá en la piedra angular de la política internacional. Si nosotros y los alemanes decidimos no participar, los chinos se lanzarán en pos de este mejoramiento genético y entonces a nosotros, en tanto nación, se nos impondrá el desafío de seguir su ejemplo.
     Lo que no entiendo es cómo alguien piensa que en ese tipo de mundo —en el que la homogeneidad genética existente de los seres humanos se verá socavada— podremos seguir viviendo dentro de la estructura amable, liberal y democrática que gozamos actualmente. Usted razona como si pudiéramos dar por sentada la continuidad de ese mundo político, como si entonces nuestras discusiones más importantes se llevaran a cabo con referencia a si debe haber más reglamentación y menos progreso, o a la inversa.
     Pero ¿qué ocurrirá con la igualdad de oportunidades cuando un niño no mejorado genéticamente para la música desee ser músico, coto ya no privativo de un gremio de músicos, sino de una subespecie de músicos cuya identidad genética esté íntimamente vinculada con ese tipo de vida? ¿Qué impedirá que los "mejorados" empiecen a exigir derechos superiores y busquen dominar a los "no mejorados", ya que son superiores no sólo por estatus social y educación, sino también por razones genéticas? ¿Que ocurrirá con los conflictos internacionales cuando otras sociedades, hostiles, no difieran sólo culturalmente, sino que además tampoco sean enteramente humanas?
     El hecho es que, a esas alturas, no habría ninguna razón teórica ni práctica para no abandonar el principio de la igualdad humana universal. Hoy en día se enarbola con firmeza, en parte como un artículo de fe, pero en parte también porque tiene un sustento empírico. Cuando el principio se enunció en 1776, a los negros y a las mujeres no se les otorgaron derechos políticos en Estados Unidos porque se consideraba que eran demasiado estúpidos o sentimentales, o que carecían de algún rasgo humano esencial, para gozar de igualdad de derechos. Este punto de vista resurgió como racismo científico en el siglo xx, y uno de los grandes logros de nuestra época es que tanto la doctrina empírica como las políticas que se construyeron a partir de esa visión han quedado desacreditadas.
     Por ende, si vamos a aceptar esta tecnología y la perspectiva del automejoramiento humano, no debemos hacerlo a ciegas. Debemos decir, con Nietzsche, que ésta es una gran oportunidad porque finalmente podremos ir más allá de la democracia liberal y reestablecer la posibilidad de la aristocracia natural, de la jerarquía social, del pathos de la separación, e introducir una era de "inmensas guerras del espíritu". ~
    
Atentamente,
     Francis.
23 de marzo de 2002

Tengo un sueño

Discurso de Martin Luther King. Agosto 1963

La más persistente y urgente pregunta de la vida es: ¿qué estás haciendo por los otros?





Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.
Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.
Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de "fondos insuficientes". Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.
También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.
Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.
1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirá contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia. Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.
Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, "¿Cuándo quedarán satisfechos?"
Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que "la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente".
Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.
Regresen a Misisipi, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.
Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño "americano".
Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales".
Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.
Sueño que un día, incluso el estado de Misisipi, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.
Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.
¡Hoy tengo un sueño!
Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.
¡Hoy tengo un sueño!
Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.
Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.
Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antesecores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad". Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.
Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Que repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ! ¡Que repique la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que repique la libertad desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Misisipí! "De cada costado de la montaña, que repique la libertad".
Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: "¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!"

Un crimen perfecto


Escrito por Alfredo Manguel
Publicado en Letras Libres. Enero 2009
Jack London (1876-1916)
Uno de los sueños más antiguos de la humanidad es el de una máquina social perfecta que seleccionará infaliblemente lo bueno frente a lo malo eliminando lo nocivo y preservando sólo lo saludable. Esa ansiada ciudad se encuentra siempre en un pasado imaginario o en un fantástico futuro. “Que no tenemos aquí ciudad permanente”, escribió San Pablo a los hebreos, “sino que andamos buscando la ciudad por venir.” La filosofía y la religión han intentado una y otra vez definir esta ciudad “por venir”; en muchas ocasiones hemos creído que sus murallas estaban casi a nuestro alcance, apenas más allá del horizonte, y desde el comienzo de los tiempos nuestras historias han tratado de decirnos cómo es. “Espero con ansia un día en el que el hombre avance impulsado por algo más digno y elevado que su estómago”, escribió Jack London en 1905, “un tiempo en el que exista un incentivo mejor para la acción que el incentivo actual que es el estómago. Mantengo mi fe en la integridad y excelencia del ser humano. Creo que la nobleza de espíritu y el desinterés vencerán a la vulgar glotonería de hoy.” Lector temprano del Manifiesto comunista, miembro del Partido Socialista (que abandonó más tarde “debido a su falta de combatividad y su pérdida de interés por la lucha de clases”) London soñó largamente con esa perfecta maquinaria social. Quizás porque comprendió que su sueño era imposible, apenas cumplidos los cuarenta años, en la noche del 21 de noviembre de 1916, en la lujosa mansión californiana que había adquirido con sus cuantiosos derechos de autor, Jack London decidió suicidarse. Pensando precipitar el fin, ingirió dosis letales de dos sustancias diferentes. El efecto fue el contrario: la una anulaba los efectos de la otra y London agonizó durante más de veinticuatro horas.
Entre sus escritos inacabados se encontró una novela y unas pocas notas para un posible final. Tenía un título espléndido: Asesinatos, S.L., y trataba de una máquina social tan perfectamente diseñada contra los enemigos de la sociedad que sólo puede ser detenida destruyendo a su creador. El inventor es un tal Iván Dragomiloff, creador de una sociedad secreta que, por un cierto precio, asesina por encargo. Sin embargo, las víctimas potenciales no pueden ser personas a las que simplemente tenga aversión el cliente. Una vez que se ha propuesto un nombre, Dragomiloff lleva a cabo una investigación sobre la conducta y la personalidad del elegido. Sólo si, según su criterio, el asesinato “está justificado desde el punto de vista social” dará la orden de actuar. Un enemigo de la sociedad sólo es enemigo si así lo juzga Dragomiloff.
La empresa es una maquinaria totalmente eficiente. Una vez que ha propuesto un asesinato y ha pagado el precio, el cliente debe esperar a que los subordinados de Dragomiloff ofrezcan pruebas definitivas de la falta de ética de la víctima. Ésta puede ser un jefe de policía brutal, un empresario implacable, un banquero codicioso, una señora de la aristocracia: en todos los casos debe quedar demostrado, más allá de toda duda, que esa persona perjudica a la sociedad. Si la prueba no es suficiente, o si la víctima muere accidentalmente, se devuelve el dinero al cliente, tras deducir un diez por ciento destinado a cubrir los gastos de administración. Pero una vez que Dragomiloff ha decidido que la víctima merece la muerte, ya no hay vuelta atrás. “Una vez que se ha dado una orden”, explica, “es como si se hubiera cumplido. No podemos funcionar de otra manera. Tenemos nuestras normas, ¿sabe?”
Y entonces ocurre algo. Con el propósito de desmantelar la organización, un joven emprendedor presenta una solicitud excepcional. Se reúne con Dragomiloff y paga el precio por el asesinato de un importante personaje público de quien no da el nombre. Sólo cuando aquél ha aceptado la petición (bajo la condición, naturalmente, de que se demuestre que el personaje es culpable), el joven revela el nombre de la víctima que no es otra que el mismo Dragomiloff, quien acepta la solicitud de su propio asesinato. Ha creado una maquinaria social tan eficiente que su objetivo, la eliminación por encargo de personajes indeseables, está incluso por encima de la vida de su creador.
La narración de Jack London, escrita hace más de un siglo, suena hoy curiosamente contemporánea. No porque sugiera que pueda crearse una organización para eliminar a aquellos que consideramos perjudiciales para la sociedad sino por la idea de que una maquinaria social puede ser tan perfecta en su fanatismo que sólo puede ser destruida si se destruye también a su creador. A riesgo de llevar la comparación demasiado lejos, creo que la organización de Dragomiloff ha logrado una reencarnación moderna. Creo que, hoy en día, hemos permitido la construcción de gran número de maquinarias formidables que, como la de London, son multinacionales y anónimas, pero cuyo propósito no es purificar la sociedad por medio del asesinato (sin duda un objetivo censurable) sino conseguir para un puñado de individuos el mayor beneficio económico posible, sin reparar en el perjuicio que causan a la sociedad, y protegidas por una pantalla de incontables accionistas anónimos. Sin importarles las consecuencias, estas maquinarias invaden todos los campos de la actividad humana y buscan en cualquier lugar el beneficio económico: aún a costa de la vida humana. De la vida de todos, ya que, a fin de cuentas, ni siquiera los más ricos ni los más poderosos sobrevivirán a la explotación de nuestro planeta. Los eventos de estos últimos meses confirman la atroz moraleja.
El médico holandés Bernard de Mandeville, que ejerció en Inglaterra a comienzos del siglo XVIII, publicó en 1714 un ensayo que tituló La fábula de las abejas, o Vicios privados, beneficios públicos, en el cual sostenía que el sistema de asistencia mutua, que permite a la sociedad funcionar como una colmena, se alimenta de la pasión de los consumidores por adquirir aquello que no necesitan. Una sociedad virtuosa en que sólo se satisficieran las exigencias básicas, carecería de industria y de cultura y, por lo tanto, se derrumbaría por falta de empleos.
La sociedad de consumidores que triunfó dos siglos después, tomó los sarcásticos argumentos de Mandeville al pie de la letra. Al halagar a los sentidos, al valorizar la posesión por encima de la necesidad, cambió totalmente la noción de valor que, de acuerdo con los códigos de la publicidad comercial, se convirtió, no en la medida de las cualidades de un objeto ni del servicio que prestaba, sino en la mera percepción de ese valor, basada en hasta qué punto y con qué marca se promocionaban ese objeto o ese servicio. En el mundo de los consumidores, el esse est percepi de Berkeley tiene un significado diferente al que quiso darle el buen obispo. La percepción está en la raíz del ser, pero las cosas adquieren un valor determinado, no porque sean necesarias, sino porque se las percibe como necesarias. El deseo se convierte así, no en el origen, sino en el producto final del consumo.
La literatura (que cree aún en valores más sólidos y antiguos) nos cuenta que existe un mundo mejor y más feliz apenas más allá de nuestro alcance, en otro tiempo y lugar, en la fabulosa Edad de Oro que don Quijote añoraba, o en el porvenir descrito por la ciencia-ficción. En el film de Stanley Kubrick 2001, una odisea del espacio, el mundo al que tratamos de llegar se encuentra en Júpiter. Para alcanzar ese objetivo, la humanidad ha construido una nave espacial controlada por un superordenador, Hal 9000. Ha sido programado para dirigir la nave a su destino, con instrucciones precisas de eliminar cualquier obstáculo que pueda encontrar en su camino. Hal, una máquina dotada de inteligencia artificial, es capaz de hablar y reaccionar como un ser humano y hasta puede simular emociones. Sin embargo, a diferencia de los seres humanos, se supone que es incapaz de cometer un error.


Al cabo de cierto tiempo, Hal anuncia que algo marcha mal en el sistema de comunicaciones de la nave. Uno de los tripulantes, Bowman, sale para reparar la avería; en la Tierra, los controladores, perplejos, deducen que el ordenador debe de haberse equivocado. Bowman y otro miembro de la tripulación deciden desconectarlo para evitar más problemas, pero, a pesar de sus precauciones, Hal descubre su plan, elimina al compañero de Bowman y corta el suministro oxígeno a cuatro miembros de la tripulación. Bowman, el único que puede ahora oponerse al ordenador, se da cuenta de que el “error” de Hal era deliberado. Programado para hacer que la nave llegara a su destino “a toda costa”, Hal había llegado a la conclusión de que el mayor obstáculo para el cumplimiento de la misión era la falibilidad de la inteligencia humana y, dado que los programadores no habían incluido en su mente la prohibición de matar, había decidido eliminar la fuente de todo posible error: los seres humanos.
Como la organización de London, Hal es una máquina a prueba de fallos, construida para alcanzar la meta deseada “a toda costa”. La estructura mercantil que hemos creado como motor de nuestra sociedad es tan perfecta como esas construcciones imaginarias, e igualmente letal. Le hemos dado la orden de alcanzar un objetivo –producir un beneficio financiero a toda costa– y hemos olvidado grabar en su memoria esta advertencia: “excepto a costa de nuestra vida”. Para la enorme maquinaria económica que controla todos los aspectos de nuestras sociedades, como para un Dragomiloff capaz de juzgarlo todo o un Hal técnicamente perfecto, nosotros somos los enemigos. La situación que vivimos hoy es la prueba. Ésa parece ser la identidad que merecemos.
La literatura puede ofrecernos fábulas ejemplares y preguntas cada vez más vastas y perspicaces. Pero ninguna literatura, ni siquiera la mejor ni la más cabal, puede salvarnos de nuestra propia locura. Novelas, poemas, argumentos cinematográficos, no pueden protegernos del sufrimiento o del “error” deliberado, de las catástrofes naturales o artificiales debidas a nuestra propia codicia suicida. Lo único que puede hacer la literatura es, a veces, milagrosamente, contarnos esa locura y esa codicia, y recordarnos que debemos mantenernos alerta frente a unas tecnologías financieras y comerciales cada vez más perfectas y autosuficientes. La literatura puede ofrecer consuelo frente al sufrimiento y palabras para dar nombre a nuestras experiencias, puede decirnos quiénes somos, puede enseñarnos a imaginar un futuro en el que, sin exigir un convencional final feliz, podamos permanecer vivos, juntos, sobre esta tierra maltratada. Eso debe bastarnos.

martes, 8 de enero de 2013

Verdad y Realidad



Juan Nuño, filósofo (1927-1995).

"Verdad y realidad" es un ensayo que aparece en su libro de ensayos Ética y cibernética, de 1994.


Fabricar Humanidad




Fernando Savater. Filósofo español nacido en 1947.







jueves, 3 de enero de 2013

Lenguaje II. Argumentación

Hablar y comunicarse con otros es trabarse en una red de perspectivas (la nuestra y la de los otros) que se modifican a sí mismas a medida que se ponen en contacto con otras. Saber explicar una perspectiva, una postura de vida, una experiencia es esencial para mostrarnos a nosotros mismos de una manera particular, sobre todo, de una manera en la que nos sintamos reflejados. 
Hacerte un espacio en el mundo, eso es argumentar. 
Dar las razones para de una postura, de un posicionamiento. Es una actividad esencialmente humana que permite construir visiones comunes. La comunidad es el resultado de la múltiples negociaciones que se realizan diariamente en las discusiones y conversaciones en las que nos vemos implicados. Aprender a identificar las formas de la argumentación es aprender a comunicar mejor nuestras ideas y nuestras experiencias.
A grandes rasgos este curso abordará la argumentación a través de la lectura de diferentes textos y registros que permitirán al alumno discutir sus propias ideas (y practicar así la argumentación) en clase y con el texto mismo.

En esta entrada está colocado el programa del curso y una primera lectura que será usada como referencia,  debe ser leída para que el aluno tenga unas nociones básicas sobre argumentación, sin embargo, no será discutida en clase a menos que haya alguna duda específica.

Programa del curso:
http://issuu.com/jumbel/docs/programa_112_2011

Lectura teórica (algunos conceptos sobre la argumentación):
http://issuu.com/jumbel/docs/argumentaci_n