Escrito por Alfredo Manguel
Publicado en Letras Libres. Enero 2009
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| Jack London (1876-1916) |
Uno
de los sueños más antiguos de la humanidad es el de una máquina social perfecta
que seleccionará infaliblemente lo bueno frente a lo malo eliminando lo nocivo
y preservando sólo lo saludable. Esa ansiada ciudad se encuentra siempre en un
pasado imaginario o en un fantástico futuro. “Que no tenemos aquí ciudad
permanente”, escribió San Pablo a los hebreos, “sino que andamos buscando la
ciudad por venir.” La filosofía y la religión han intentado una y otra vez definir
esta ciudad “por venir”; en muchas ocasiones hemos creído que sus murallas
estaban casi a nuestro alcance, apenas más allá del horizonte, y desde el
comienzo de los tiempos nuestras historias han tratado de decirnos cómo es.
“Espero con ansia un día en el que el hombre avance impulsado por algo más
digno y elevado que su estómago”, escribió Jack London en 1905, “un tiempo en
el que exista un incentivo mejor para la acción que el incentivo actual que es
el estómago. Mantengo mi fe en la integridad y excelencia del ser humano. Creo
que la nobleza de espíritu y el desinterés vencerán a la vulgar glotonería de
hoy.” Lector temprano del Manifiesto comunista, miembro del Partido Socialista
(que abandonó más tarde “debido a su falta de combatividad y su pérdida de
interés por la lucha de clases”) London soñó largamente con esa perfecta
maquinaria social. Quizás porque comprendió que su sueño era imposible, apenas
cumplidos los cuarenta años, en la noche del 21 de noviembre de 1916, en la
lujosa mansión californiana que había adquirido con sus cuantiosos derechos de
autor, Jack London decidió suicidarse. Pensando precipitar el fin, ingirió
dosis letales de dos sustancias diferentes. El efecto fue el contrario: la una
anulaba los efectos de la otra y London agonizó durante más de veinticuatro
horas.
Entre
sus escritos inacabados se encontró una novela y unas pocas notas para un
posible final. Tenía un título espléndido: Asesinatos, S.L., y trataba de una
máquina social tan perfectamente diseñada contra los enemigos de la sociedad
que sólo puede ser detenida destruyendo a su creador. El inventor es un tal
Iván Dragomiloff, creador de una sociedad secreta que, por un cierto precio,
asesina por encargo. Sin embargo, las víctimas potenciales no pueden ser
personas a las que simplemente tenga aversión el cliente. Una vez que se ha
propuesto un nombre, Dragomiloff lleva a cabo una investigación sobre la
conducta y la personalidad del elegido. Sólo si, según su criterio, el
asesinato “está justificado desde el punto de vista social” dará la orden de
actuar. Un enemigo de la sociedad sólo es enemigo si así lo juzga Dragomiloff.
La
empresa es una maquinaria totalmente eficiente. Una vez que ha propuesto un
asesinato y ha pagado el precio, el cliente debe esperar a que los subordinados
de Dragomiloff ofrezcan pruebas definitivas de la falta de ética de la víctima.
Ésta puede ser un jefe de policía brutal, un empresario implacable, un banquero
codicioso, una señora de la aristocracia: en todos los casos debe quedar
demostrado, más allá de toda duda, que esa persona perjudica a la sociedad. Si
la prueba no es suficiente, o si la víctima muere accidentalmente, se devuelve
el dinero al cliente, tras deducir un diez por ciento destinado a cubrir los
gastos de administración. Pero una vez que Dragomiloff ha decidido que la
víctima merece la muerte, ya no hay vuelta atrás. “Una vez que se ha dado una
orden”, explica, “es como si se hubiera cumplido. No podemos funcionar de otra
manera. Tenemos nuestras normas, ¿sabe?”
Y
entonces ocurre algo. Con el propósito de desmantelar la organización, un joven
emprendedor presenta una solicitud excepcional. Se reúne con Dragomiloff y paga
el precio por el asesinato de un importante personaje público de quien no da el
nombre. Sólo cuando aquél ha aceptado la petición (bajo la condición,
naturalmente, de que se demuestre que el personaje es culpable), el joven
revela el nombre de la víctima que no es otra que el mismo Dragomiloff, quien
acepta la solicitud de su propio asesinato. Ha creado una maquinaria social tan
eficiente que su objetivo, la eliminación por encargo de personajes
indeseables, está incluso por encima de la vida de su creador.
La
narración de Jack London, escrita hace más de un siglo, suena hoy curiosamente
contemporánea. No porque sugiera que pueda crearse una organización para
eliminar a aquellos que consideramos perjudiciales para la sociedad sino por la
idea de que una maquinaria social puede ser tan perfecta en su fanatismo que
sólo puede ser destruida si se destruye también a su creador. A riesgo de
llevar la comparación demasiado lejos, creo que la organización de Dragomiloff
ha logrado una reencarnación moderna. Creo que, hoy en día, hemos permitido la
construcción de gran número de maquinarias formidables que, como la de London, son
multinacionales y anónimas, pero cuyo propósito no es purificar la sociedad por
medio del asesinato (sin duda un objetivo censurable) sino conseguir para un
puñado de individuos el mayor beneficio económico posible, sin reparar en el
perjuicio que causan a la sociedad, y protegidas por una pantalla de
incontables accionistas anónimos. Sin importarles las consecuencias, estas
maquinarias invaden todos los campos de la actividad humana y buscan en
cualquier lugar el beneficio económico: aún a costa de la vida humana. De la
vida de todos, ya que, a fin de cuentas, ni siquiera los más ricos ni los más
poderosos sobrevivirán a la explotación de nuestro planeta. Los eventos de
estos últimos meses confirman la atroz moraleja.
El
médico holandés Bernard de Mandeville, que ejerció en Inglaterra a comienzos
del siglo XVIII, publicó en 1714 un ensayo que tituló La fábula de las abejas,
o Vicios privados, beneficios públicos, en el cual sostenía que el sistema de
asistencia mutua, que permite a la sociedad funcionar como una colmena, se
alimenta de la pasión de los consumidores por adquirir aquello que no
necesitan. Una sociedad virtuosa en que sólo se satisficieran las exigencias
básicas, carecería de industria y de cultura y, por lo tanto, se derrumbaría
por falta de empleos.
La
sociedad de consumidores que triunfó dos siglos después, tomó los sarcásticos
argumentos de Mandeville al pie de la letra. Al halagar a los sentidos, al
valorizar la posesión por encima de la necesidad, cambió totalmente la noción
de valor que, de acuerdo con los códigos de la publicidad comercial, se
convirtió, no en la medida de las cualidades de un objeto ni del servicio que
prestaba, sino en la mera percepción de ese valor, basada en hasta qué punto y
con qué marca se promocionaban ese objeto o ese servicio. En el mundo de los
consumidores, el esse est percepi de
Berkeley tiene un significado diferente al que quiso darle el buen obispo. La
percepción está en la raíz del ser, pero las cosas adquieren un valor
determinado, no porque sean necesarias, sino porque se las percibe como
necesarias. El deseo se convierte así, no en el origen, sino en el producto
final del consumo.
La
literatura (que cree aún en valores más sólidos y antiguos) nos cuenta que
existe un mundo mejor y más feliz apenas más allá de nuestro alcance, en otro
tiempo y lugar, en la fabulosa Edad de Oro que don Quijote añoraba, o en el
porvenir descrito por la ciencia-ficción. En el film de Stanley Kubrick 2001,
una odisea del espacio, el mundo al que tratamos de llegar se encuentra en
Júpiter. Para alcanzar ese objetivo, la humanidad ha construido una nave
espacial controlada por un superordenador, Hal 9000. Ha sido programado para
dirigir la nave a su destino, con instrucciones precisas de eliminar cualquier
obstáculo que pueda encontrar en su camino. Hal, una máquina dotada de
inteligencia artificial, es capaz de hablar y reaccionar como un ser humano y
hasta puede simular emociones. Sin embargo, a diferencia de los seres humanos,
se supone que es incapaz de cometer un error.
Al
cabo de cierto tiempo, Hal anuncia que algo marcha mal en el sistema de
comunicaciones de la nave. Uno de los tripulantes, Bowman, sale para reparar la
avería; en la Tierra, los controladores, perplejos, deducen que el ordenador
debe de haberse equivocado. Bowman y otro miembro de la tripulación deciden
desconectarlo para evitar más problemas, pero, a pesar de sus precauciones, Hal
descubre su plan, elimina al compañero de Bowman y corta el suministro oxígeno
a cuatro miembros de la tripulación. Bowman, el único que puede ahora oponerse
al ordenador, se da cuenta de que el “error” de Hal era deliberado. Programado
para hacer que la nave llegara a su destino “a toda costa”, Hal había llegado a
la conclusión de que el mayor obstáculo para el cumplimiento de la misión era
la falibilidad de la inteligencia humana y, dado que los programadores no
habían incluido en su mente la prohibición de matar, había decidido eliminar la
fuente de todo posible error: los seres humanos.
Como
la organización de London, Hal es una máquina a prueba de fallos, construida
para alcanzar la meta deseada “a toda costa”. La estructura mercantil que hemos
creado como motor de nuestra sociedad es tan perfecta como esas construcciones
imaginarias, e igualmente letal. Le hemos dado la orden de alcanzar un objetivo
–producir un beneficio financiero a toda costa– y hemos olvidado grabar en su
memoria esta advertencia: “excepto a costa de nuestra vida”. Para la enorme
maquinaria económica que controla todos los aspectos de nuestras sociedades, como
para un Dragomiloff capaz de juzgarlo todo o un Hal técnicamente perfecto,
nosotros somos los enemigos. La situación que vivimos hoy es la prueba. Ésa
parece ser la identidad que merecemos.
La literatura puede ofrecernos fábulas
ejemplares y preguntas cada vez más vastas y perspicaces. Pero ninguna
literatura, ni siquiera la mejor ni la más cabal, puede salvarnos de nuestra
propia locura. Novelas, poemas, argumentos cinematográficos, no pueden
protegernos del sufrimiento o del “error” deliberado, de las catástrofes
naturales o artificiales debidas a nuestra propia codicia suicida. Lo único que
puede hacer la literatura es, a veces, milagrosamente, contarnos esa locura y
esa codicia, y recordarnos que debemos mantenernos alerta frente a unas
tecnologías financieras y comerciales cada vez más perfectas y autosuficientes.
La literatura puede ofrecer consuelo frente al sufrimiento y palabras para dar
nombre a nuestras experiencias, puede decirnos quiénes somos, puede enseñarnos
a imaginar un futuro en el que, sin exigir un convencional final feliz, podamos
permanecer vivos, juntos, sobre esta tierra maltratada. Eso debe bastarnos.


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