domingo, 17 de febrero de 2013

METROPOLIS

Película de 1927. Dirigida por Fritz Lang.

Escena de la transformación de María en un androide.


Encuentro Nocturno

Por Ray Bradbury (1920-2012)




Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
-Aquí se sentirá usted bastante solo -le dijo al viejo.

El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.

-No me quejo.

-¿Le gusta Marte?

-Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.

-Ha dado usted en el clavo -dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.

-Ya nada me sorprende -prosiguió el viejo-. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire, los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.

Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.

Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.

Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.

La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.

Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.

Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.

Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina y luego un murmullo.

Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.

Y asomó en las colinas una extraña aparición.

Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.

Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:

¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.

También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.

Tomás dio el primer paso.

-¡Hola! -gritó.

-¡Hola! -contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.

-¿Has dicho hola? -dijeron los dos.

-¿Qué has dicho? -preguntaron, cada uno en su lengua.

Los dos fruncieron el ceño.

-¿Quién eres? -dijo Tomás en inglés.

-¿Qué haces aquí -dijo el otro en marciano.

-¿A dónde vas? -dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.

-Yo soy Tomás Gómez,

-Yo soy Muhe Ca.

No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano se echó a reír.

-¡Espera!

Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.

-Ya está -dijo el marciano en inglés-. Así es mejor.

-¡Qué pronto has aprendido mi idioma!

-No es nada.

Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.

-¿Algo distinto? -dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.

-¿Puedo ofrecerte una taza? -dijo Tomás.

-Por favor.

El marciano descendió de su máquina.

Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.

La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.

-¡Dios mío! -gritó Tomás, y soltó la taza.

-¡En nombre de los Dioses! -dijo el marciano en su propio idioma.

-¿Viste lo que pasó? - murmuraron ambos, helados por el terror.

El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.

-¡Señor! -dijo Tomás.

-Realmente... -comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.

-¡Eh! -gritó Tomás.

-Has entendido mal. ¡Tómalo!

El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.

Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.

-¡Las estrellas! -dijo.

-¡Las estrellas! -respondió el marciano mirando a Tomás.

Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.

-¡Eres transparente! -dijo Tomás.

-¡Y tú también! -replicó el marciano retrocediendo.

Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.

El marciano se tocó la nariz y los labios.

-Yo tengo carne -murmuró-. Yo estoy vivo.

Tomás miró fijamente al fío.

-Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.

-¡No! ¡Tú!

-¡Un espectro!

-¡Un fantasma!

Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.

Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.

Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.

-¿De dónde eres? -preguntó al fin el marciano.

-De la Tierra.

-¿Qué es eso?

Tomás señaló el firmamento.

-¿Cuándo llegaste?

-Hace más de un año, ¿no recuerdas?

-No.

-Y todos ustedes estaban muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo sabes?

-No. No es cierto.

-Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares de muertos.

-Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!

-Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.

-¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?

Tomás miró hacia donde indicaba el marciano y vio las ruinas.

-Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.

El marciano se echó a reír.

-¡Muerta! Dormí allí anoche.

-Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?

-¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.

-Hay polvo en las calles -dijo Tomás.

-¡Las calles están limpias!

-Los canales están vacíos.

-¡Los canales están llenos de vino de lavándula!

-Está muerta.

-¡Está viva! -protestó el marciano riéndose cada vez más-. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?

-Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky...

El marciano estaba inquieto.

-¿Dónde está todo eso?

Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.

-Allá están los cohetes. ¿Los ves?

-No.

-¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.

-No.

Tomás se echó a reír.

-¡Estás ciego!

-Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!

-Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?

-Yo veo un océano, y la marea baja.

-Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.

-¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!

-Es cierto, te lo aseguro.

El marciano se puso muy serio.

-Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los cantos. ¡No están tan lejos!

Tomás escuchó y sacudió la cabeza.

-No.

-Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes -dijo el marciano.

Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.

-¿Podría ser?

-¿Qué?

-¿Dijiste que «del cielo»?

-De la Tierra.

-La Tierra, un nombre, nada -dijo el marciano-. Pero... al subir por el camino hace una hora... sentí...

Se llevó una mano a la nuca.

-¿Frío?

-Sí.

-¿Y ahora?

-Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino... -dijo el marciano-. Una sensación extraña... El camino, la luz... Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.

-Lo mismo me pasó a mí -dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.

El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.

-Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.

-No. Tú, tú eres del pasado -dijo el hombre de la Tierra.

-¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?

-En el año dos mil dos.

-¿Qué significa eso para mí?

Tomás reflexionó y se encogió de hombros.

-Nada.

-Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas...

-¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.

-Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?

-Sí. ¿Tienes miedo?

-¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? -El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. -Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.

Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.

-Jamás nos pondremos de acuerdo -dijo.

-Admitamos nuestro desacuerdo -dijo el marciano-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.

Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.

-¿Volveremos a encontrarnos?

-¡Quién sabe! Tal vez otra noche.

-Me gustaría ir contigo a la fiesta.

-Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que sucedió.

-Adiós -dijo Tomás.

-Buenas noches.

El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.

-¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.

-¡Qué extraña visión! -se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.

La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.

Los riesgos del tecnofundamentalismo

Entrevista con Aleks Krotoski.
En la Revista Ñ del 24 de Enero de 2013, por Natalia Suazo.
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/tecnologia-comunicacion/riesgos-tecno-fundamentalismo_0_854314570.html


Aleks Krotoski es, para todos los que la vimos en su serie La revolución virtual de la BBC (2010), la periodista-arqueóloga de pelo rojo que viajaba por el mundo con el creador de la Web, Tim Berners-Lee, buscando los orígenes de ese último invento que cambió al mundo. Su nombre real es Aleksandra y ya no tiene el pelo rojo, pero sigue mirando con curiosidad analítica ese universo digital, y en especial cómo influyen sus diseños en las relaciones humanas. De esto habló en dos conferencias que dio en 2012 en Argentina, invitada por la Fundación Osde, y de ello tratará en profundidad su próximo libro, Untagling the Web (Desenredando la Web), que editó en septiembre Guardian Books. El año pasado, la periodista estadounidense produjo su podcast para The Guardian Tech Weekly y The Digital Human para BBC Radio, además de continuar con su actividad académica en el Oxford Internet Institute.

Durante su visita a Buenos Aires, en diálogo con Ñ , conversamos sobre las ideas centrales de su nuevo libro, el peligro en la uniformidad de la información y sobre cómo enfrentar el momento actual de tecnofunda mentalismo para pasar a una próxima etapa de nuestra relación con las tecnologías entendiendo las ideologías que las conciben.

El subtítulo de su nuevo libro es “Qué es lo que Internet te está haciendo a VOS”. Eso sugiere a la Web como un objeto que nos ataca si quedamos atrapados en su lógica, pero al mismo tiempo resalta el valor del individuo en los efectos que tiene la Web. ¿Cómo explica esa dinámica?

El título está inspirado en todos los temores que la Web genera, en toda la gente que piensa que la Web sí les está haciendo algo a ellos, a sus hijos, a su salud, a la política. Y lo que hago es ir a trabajos empíricos de la psicología y la sociología y buscar si, efectivamente, Internet nos “ha hecho” algo o no. Como estamos tan metidos en la Web, al estudiar, trabajar, hacer las compras del supermercado, pedir un taxi, conectarnos con amigos o nuestra familia, la pregunta de cómo nos afecta como sociedad y cómo afectamos como individuos a la sociedad, se vuelve válida. Y en donde yo sí veo que la Web nos afectará es en dos áreas: la privacidad y la identidad.

Respecto de la privacidad, si miramos el historial y los contenidos de todo lo que publicamos en Internet para comunicarnos, para comprar, todo eso es una construcción individual de la identidad, y al mismo tiempo es una construcción social. Pero un aspecto muy importante de la construcción social de la identidad es la capacidad de ser olvidados y reinventarnos a nosotros mismos. Eso está desapareciendo y es una de las fronteras que tendremos que negociar en el futuro. Lo segundo que tendremos que negociar es cómo buscamos, desde información hasta amor. Y sobre todo, cómo nos afecta en nuestros puntos de vista, en confirmar lo que creemos, desde nuestra opinión política hasta cómo criar a nuestros hijos o qué ponernos para salir a la calle. Tendremos que ser conscientes sobre cómo queremos que Internet nos afecte. Porque lo hará.

Sabemos más que antes que los resultados de los buscadores no son azar sino una construcción de los algoritmos de buscadores como Google. Pero mientras encontremos lo que buscamos, ¿vamos a cuestionarlo o la comodidad pagará la uniformidad de información?

Eso no es culpa de la tecnología en sí, sino de la tecnología adaptándose a algo que naturalmente hacemos: unirnos a grupos que piensan más o menos lo mismo que nosotros. Lo irónico de eso es que cuando Internet surgió la pensábamos utópicamente como el camino para una diversidad infinita de información, una especie humana más evolucionada y hasta el fin de las guerras (risas). El problema es que la Web evolucione hacia un ecosistema cerrado que incentiva la intolerancia, los grupos que no se abren a lo distinto, la individualidad extrema.

Usted dice que hay que reclamar nuestro derecho a la “serendipia”, entendida como un descubrimiento o un hallazgo inesperado que se produce cuando se busca otra cosa. ¿Cómo se hace?

Cuando trabajé en mi proyecto Serendipity Engine (“Motor de Serendipia”, theserendipityengine.tumblr.com) quería entender los sesgos o las agendas que construyen las tecnologías que usamos diariamente. Cuando escuchamos una canción, probablemente sabemos en qué momento histórico o en qué país fue compuesta. Con la tecnología todavía no tenemos ese tipo de conciencia, pero de hecho pasa lo mismo.

Google tiene una mirada particular del mundo, construida desde el norte de California por Larry Page y Sergey Brin, educados en la burbuja de Stanford, y con cosas que para ellos son relevantes. Eso es lo que Google es hoy, pero más importante es lo que Google quiere ser en el futuro. Sobre eso, cuando era CEO de la empresa, Eric Schmidt declaró que quería que Google fuera “no sólo un motor de búsqueda, sino un motor de serendipia”, es decir, que pudiera predecir lo que la gente iba a preguntarse. ¡Y me pareció escalofriante! Porque la serendipia no se puede predecir. Es un fenómeno individual, que se produce por accidente y que termina teniendo valor. Y encontré que el propósito que tenían era juntar toda la información que vos les dabas a través de tus búsquedas, tu teléfono, tu ubicación, palabras claves, interacciones, para terminar definiendo qué es lo que querrías en el futuro. Entonces si escribías un mensaje a un amigo con “salgamos esta noche”, y ayer habías buscado “recetas thai”, cuando buscabas un restaurant y tu teléfono te sugería “Ey, a dos cuadras hay un restaurante thai”, no había ninguna coincidencia, sino un servicio para una necesidad. El problema es que la serendipia es esencial para la creatividad y para los descubrimientos científicos, para hacer que las cosas den saltos hacia adelante. Por eso hay que reclamar la serendipia y cuidarla de que sea totalmente direccionada por la tecnología: porque es importante para el progreso de la sociedad.

En un artículo reciente, Ud. cita a Rebecca Mackinnon diciendo que “entendemos cómo el poder funciona en el mundo físico, pero todavía no entendemos claramente cómo lo hace en la esfera digital”. ¿Cuán lejos estamos de ver el poder de las corporaciones en lo digital? ¿Y cómo podemos enseñarlo a las nuevas generaciones críticamente?

Creo que allí está uno de los puntos fundamentales en cómo la tecnología va a afectarnos en el futuro: en poder verla no sólo instrumentalmente, sino críticamente en su poder. Hay una escuela de pensamiento que sostiene que nos hemos convertido en tecno fundamentalistas, en personas que vemos a las máquinas con poderes mágicos y eso es algo de lo que tenemos que ser más críticos. Una forma muy sencilla de hacerlo es viendo a las personas que crean las tecnologías. Con esto no estoy diciendo que Mark Zuckerberg, Larry Page o Jeff Bezos tienen un “nuevo orden mundial” en la cabeza, sino de entender algo más simple que es qué ideologías están detrás de lo que crean y a partir de eso ser más críticos con lo que depositamos o no en esas tecnologías.

Todo esto también tiene que ver con tu pregunta sobre el poder en el mundo online y las batallas que se dan. Es un proceso clásico de construcción de las comunidades, donde primero existe una primera etapa muy idealista. Luego, comienza a verse un “enemigo” que fuerza a la comunidad a redefinirse, a preguntarse: “¿En qué cree este software que estoy usando?”, “¿Yo creo esto mismo o creo otra cosa?”. Y entonces ahí podemos empezar a construir nuestra identidad, pensando si también concebimos nuestra identidad o privacidad de la misma forma, si creemos que la privacidad o las relaciones son esas cosas que nos proponen o son cosas distintas. Y eso, como usuarios de una comunidad de Internet, es lo que crea conflictos que reactivan la forma en que usamos los servicios.

¿Y en qué momento estamos ahora?

Todavía estamos en la etapa tecno fundamentalista, consumiendo, en una etapa de enorme saturación de tecnología, de acceso a la tecnología, en muchos países, también aquí en la Argentina. Pero con un altísimo potencial de pasar a otro nivel. Y ciertamente, esa es mi esperanza.


El narrador robot y el lector wii

Por Doménico Chiappe




El texto, entendido como el espacio del lenguaje definido por Barthes, ha traspasado, desde siempre, los formatos que contienen las obras literarias. A lo largo de la historia, las tecnologías han producido nuevos formatos a los que el texto puede acoplarse, modificar sus signos, generar retóricas. El texto es intangible, sólo se presiente gracias a la experimentación. Desde hace poco tiempo, algo más de doscientos años, el texto pertenece a su autor. La figura del autor y las reglas comerciales derivadas de la invención de la imprenta han contribuido a colocar a la obra (el libro, fragmento de sustancia) por encima de la noción del texto.

La inteligencia artificial podría crear un tipo de narrador, inexistente aún en todo su potencial, que genere tantas historias como información tenga del lector. Utilizar el “historial” de navegación, los datos tecleados en los buscadores, el perfil de Twitter, para confeccionar una historia a la medida sentimental del lector. El narrador robot inaugura una etapa que ya ha comenzado a colarse en Facebook, donde se “publican” novelas como The Fugue o The Architects are Here, cuyos capítulos se transmiten desde esta plataforma como mensajes para el afiliado. En estas obras se aplican cuestiones simples de programación que generan gran eficacia narrativa, como cambiar los nombres propios de los personajes por el del lector y sus amigos, obtenidos de esta información pública que son los perfiles y los listados de amistades.

Aparte de la utilización de las bases de datos suministradas por internet existen otras posibilidades para la literatura, en estos tiempos en que los artistas más interesantes del panorama no los producen los lobbys del arte, como el caso del kitsch Damien Hirst, sino los ingenieros que fabrican obras de AI (inteligencia artificial), como Philip Beesley y Rob Goberz, que presentaron en la exposición Vida 11.0 su obra Hylozoic Soil, en donde unas formas vegetales, construidas con acrílico y sensores, respondían a la cercanía y movimientos del público, al desperezarse o esconderse. Recursos más interesantes para las posibilidades narrativas se intuían en la instalación ALAVS 2.0 (Autonomous Light Air Vessels), en la que una “manada” de “animales” (en realidad, pequeños globos aerostáticos) reaccionaban ante la propuesta de amistad o enemistad que recibían del usuario, quien les hablaba por teléfono móvil. En este caso, la dicotomía de la comunicación (sí / no) restringía las acciones (estampidas o acercamientos, aceptar alimento o camuflarse) pero permite avizorar la complejidad dramática que sólo un narrador robot, presto las veinticuatro horas del día a modificar su trama en función de las exigencias del lector, puede asumir.

Con esta particular atención –que va más allá de la interacción permitida hoy por las plataformas hipermedias–, el narrador podría despertar un tipo de reacción más intensa en el lector: por primera vez, existirá reciprocidad. El personaje (y el narrador se considera un personaje más en la trama, aun cuando realice su función desde fuera de la acción, como en el caso del omnisciente) corresponde a sus sentimientos y deseos. Y por primera vez también desde que la lectura silenciosa revolucionó la cultura (que según Roger Chartier sucedió cuando dejó de ser “necesariamente oralizada”), el lector es tratado como individuo y no como masa.

¿Cómo competirá la humanidad ante el narrador robot? ¿El texto, la literatura, podrían perder el componente humano? En respuesta, interviene el lector, que asume un rol creador; un lector tan activo como un niño que juega Tomb Raider en su Wii, la consola que ha revolucionado el mundo de los videojuegos al permitir que las respuestas corporales sean “leídas” y procesadas por la máquina. El uso del mando Wiimote, con el que Nintendo ha superado a sus competidores Sony y Microsoft, se comienza a utilizar también para la plástica, el teatro y la música, gracias a su capacidad para convertir los movimientos en imágenes y sonidos. La performance y las obras de arte establecen una relación de simbiosis con el objeto: el Wiimote, creado como interfaz de un programa cíclico y reiterativo (el videojuego), adquiere una dimensión cultural y social.

La participación activa del lector se aleja de aquella que retrató, con ironía, Jorge Luis Borges en su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”: “no quería componer otro Quijote –lo cual es fácil– sino ‘el Quijote’. Inútil agregar que no encaró nunca una trascripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes”. Para lograr el objetivo decidió “seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote a través de las experiencias de Pierre Menard”. El narrador es un desprejuiciado admirador de Menard y cataloga “el fragmentario Quijote de Menard” como “más sutil que el de Cervantes” y le resulta “irrefutable” la “influencia de Nietzche” cuando Menard transcribe un capítulo: “El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico”. Y concluye el narrador: “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas […] Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos.”

Alejado de la pasividad sobrevalorada por la crítica actual que, como el narrador fabricado por Borges, aplaude transcripciones como la de Menard, el nuevo lector se enfrentará a un narrador robot dispuesto a obedecerle. Y con esta sumisión, le exige actuar. ¿De qué será capaz un lector Wii al interactuar por medio del tacto, los movimientos, la voz, la escritura y todo aquello que transforma el pensamiento en mensajes (e incluso aquello que lanza mensajes involuntarios: el olor, el sudor)? Se podría imaginar una obra cuyas tramas avancen con los movimientos del cuerpo; libros en donde las descripciones se huelan y saboreen, donde las reacciones del lector produzcan, a su vez, reacciones en los personajes; donde el usuario “viva” más que imagine. Y su vivencia influirá en la trama.

El lector-creador no necesitará poseer talento ni tampoco un gran aparataje técnico, gracias a esa facilidad de movimientos que brinda una tecnología similar a la de la Wii. Asumirá la figura de un DJ, que altera, mezcla y graba una música propia, generada a partir de otras composiciones (protegidas por los derechos de autor) y sin necesidad de saber ejecutar ningún instrumento. El resultado es una creación nueva, sin atisbos aparentes de la materia prima (otras creaciones registradas). Aplicado a la literatura, el DJ-lector generará su libro. La noción barthesiana del texto, de tejido hilado de significantes que hace que toda obra sea intertextual, que tiene más importancia que la obra, obtiene aquí plena relevancia. A comienzos de los años setenta Barthes asumía las ideas de Mallarmé (el público debe producir el libro) y acusaba que la “reducción de la lectura a un consumo” era “responsable del ‘aburrimiento’ que muchos experimentan ante el texto moderno”. Las tecnologías y sus posibilidades para la escritura amenazan el rol pasivo del lector y, al mismo tiempo y como consecuencia directa, la hegemonía y autoridad del crítico.

La vanguardia ha sido relevante cuando ha experimentado con las formas artísticas. No generó un movimiento el primer autor que incluyó un teléfono o un televisor en la trama. Lo generó, por ejemplo, quien fragmentó la narrativa (plástica o literaria). En el siglo XX surgieron varias tendencias que, si bien no han perdurado en su forma más pura, han permeado en el lenguaje que busca la literatura hipermedia: del expresionismo toma el polifacetismo, que según define Guillermo de Torre consiste en “la variedad de rasgos y multiplicidad de géneros con que se manifiesta”; del simultaneísmo, la forma en que “situadas en el mismo plano, se mezclan percepciones directas, jirones del recuerdo [...] equivalentes de los collages”; del cubismo, el fragmentarismo y la elipsis; del existencialismo, “la elección que hacen (los autores) al escribir con imágenes, más que con razonamientos”; y de los recursos informáticos, el datamining (aprovechamiento específico de las bases de datos), la aleatoriedad y la interactividad, para potenciar los narradores robots y los lectores activos, cada vez más activos. 

lunes, 4 de febrero de 2013

All is full of love. Björk

La soportable levedad de la tecnología


por Gabriela Warkentin



Sí, nos hemos convertido en cyborgs, ¡¿y qué...?!
     Me imagino el rostro de más de uno, el rictus desaprobatorio, la mirada que acusa, una voz que no termina de enunciar una especie de proclama: no podemos permitir que la tecnología nos deshumanice, no podemos permitirlo, no podemos. Pero la realidad puede ser bastante menos escandalosa que esto. Nos hemos convertido en cyborgs, nos estamos convirtiendo un poco en cyborgs, y tal vez lo único que hacemos al reconocer esta transformación —que no es cosa menor— es redefinir un poco lo que entendemos o solíamos entender por ser humano. Ampliando nuestros horizontes, dirían los clásicos.
     Sé que juego con las palabras cuando digo que nos estamos convirtiendo un poco en cyborgs. La definición del diccionario nos dice que cyborg es un concepto que se deriva de cybernetic y organism —organismo cibernético. Manfred Clynes, a quienes muchos atribuyen haber sido el primero en acuñar este término, allá por los años sesenta del siglo pasado, recogía en este concepto la creciente necesidad del ser humano por ampliar artificialmente sus funciones biológicas para poder sobrevivir en el espacio, allá afuera, lejos, en territorio hostil a la frágil humanidad. Es decir que desde sus orígenes, un cyborg era aquel ser humano que necesitaba de ayuda tecnológica para controlar, ampliar y expandir sus funciones. Con el paso del tiempo, sucedió lo que siempre con todos los conceptos que nos suenan entre misteriosos y seductores: el imaginario finisecular le adjudicó al cyborg la personalidad de una especie de Robocop, un ser vivo (¿todavía humano?) que combinaba en su materialidad lo biológico con que todos nacemos y lo tecnológico con que algunos sueñan (desde el brazo biónico del hombre de los seis millones de dólares, hasta los implantes más complicados para intervenir el flujo neuronal).
     Quedémonos, para fines de esta revisión, con una working definition: entendamos por cyborg, en la conciencia de estar descartando acepciones científicamente mejor sustentadas, un ser humano que depende de o recurre a la tecnología para llevar a cabo sus actividades cotidianas. Nada más aclaremos: no hablamos de cualquier tecnología, sino de la de cómputo y de los desarrollos de la cibernética, en su vertiginosa carrera hacia la miniaturización perfecta; y no aludimos a alguna actividad en específico, sino a todas aquellas, aun las más nimias, que vamos incorporando en la medida en que la complejidad se convierte en la forma de entendernos socialmente.
     Así, imaginemos entonces, por un momento, al ciudadano de este inicio del siglo XXI: al oído, un aparato reproductor de música, cada vez más pequeño y ligero, que permite en modelos más recientes portar hasta quince mil canciones (y si el promedio de duración de una canción es de tres minutos, entonces tenemos en un aparato, que apenas pesa doscientos gramos, música para escuchar durante 31 días seguidos); en la mano (o al oído libre) un celular con el cual hacer llamadas telefónicas, enviar mensajes (los famosos SMS), jugar, fotografiar y, en una de ésas, componer alguna canción en caso de que las quince mil del reproductor portátil no sean suficientes (y para seguir con las cifras, apuntemos que sólo en México, de acuerdo con datos oficiales, se envían a diario alrededor de cincuenta millones de mensajes vía celular); frente a él, algún sistema de cómputo con el cual producir, recibir y compartir contenidos (con equipos portátiles que se hacen cada vez más ligeros —poco más de un kilogramo de peso para cuarenta GB en disco duro); sumemos por ahí alguna agenda electrónica (que se sincronice con la computadora y el celular), tal vez una consola de videojuegos (interconectada para aprovechar los beneficios de la adrenalina compartida), por supuesto un televisor (de pantalla plana cual agradable decoración de pared). Éste, más o menos, es el cyborg de principios de nuestro siglo: no ciertamente el hombre robot con los implantes de alta tecnología con que ha fantaseado Hollywood, pero sí el ciudadano cuyos sentidos e inteligencia no terminan ya donde acaban las células de su cuerpo, sino que incorporan las "células metálicas" de los aparatos que penden de su humanidad.
     Sabemos que este ser humano tecnologizado despierta más de una sospecha o temor en quienes viven en la nostalgia escénica de un mundo "más natural que ya se nos fue": un mundo en el que nadie necesitaba quince mil canciones para escucharlas en el aislamiento del audífono incrustado cerca del tímpano; un mundo en el que, para socializar, no se necesitaban consolas de videojuegos interconectadas ni largas sesiones de chat; un mundo en el que la información para la formación se sacaba de un libro y no se pirateaba de internet; un mundo en el que nos veíamos las caras y olíamos nuestros humores.
     Me atrevo, sin embargo, a sostener que este cyborg del incipiente siglo XXI no es menos humano ni más artificial que los seres que nos precedieron. El individuo que ha incorporado la tecnología cada vez más ligera, pequeña y, por lo mismo, portátil nos está mostrando que la realidad no se agota en las dimensiones que hasta ahora conocíamos. Como en otros momentos de la historia, hoy estamos nuevamente aprendiendo a escuchar de una manera diferente, a ver de una manera diferente y, sobre todo, a socializar de una manera diferente. El incipiente cyborg con el que convivimos a diario es un ser conectado, vinculado, de acciones simultáneas y en perpetua incorporación de nuevos estímulos. La tendencia de la tecnología a miniaturizarse, al grado de introducirse en nuestra corporeidad, es sólo reflejo de este nuevo ciudadano: un ser humano que propone que lo que hacemos, lo podemos hacer en todo momento, a toda hora y con quien nosotros queramos. ¿La soportable levedad de la tecnología nos ofrece una nueva libertad? Tal vez no tanto. Pero hay algo que no podemos negar: este cyborg del naciente siglo XXI nos recuerda, o debería recordarnos, que aún no hemos agotado nuestra realidad y que todavía tenemos espacio para reinventarnos.
     Sí, nos podemos convertir en cyborgs, ¡¿y qué...?!

martes, 15 de enero de 2013

La biotecnología ¿Nuestro despeñadero?

Discusión entre Francis Fukuyama y Gregory Stolk

Francis Fukuyama
Gregory Stolk













Estimado Francis:
En el debate actual acerca de la clonación subyacen temores más extensos ante las nuevas tecnologías que surgen conforme desciframos la biología humana. Los críticos como usted imaginan que si detenemos la clonación podremos cerrarle el paso a posibilidades como las del "mejoramiento" humano. Pero, conforme desentrañamos nuestra biología, aprendemos a modificarnos a nosotros mismos; y lo haremos. Ninguna ley podrá evitarlo.
     La selección de embriones, por ejemplo, es viable en miles de laboratorios en todo el mundo. Cualquier intento de obstruirla incrementará los peligros potenciales de esta tecnología, al colocarla fuera de nuestro alcance y privarnos así de los primeros indicios de problemas médicos o sociales.
     La mejor razón para no restringir las intervenciones que mucha gente considera seguras y benéficas no es que tal restricción sería peligrosa, sino que sería errónea. La restricción impediría que la gente tomara decisiones que se han concebido para mejorar sus vidas y que no dañarían a nadie. Tales decisiones deben permitirse. Es difícil imaginar cómo una sociedad que nos alienta a mantenernos saludables y vitales podría justificar, por ejemplo, el intento de impedir que la gente se someta a terapias genéticas o que tome medicamentos cuyo fin es retrasar la vejez. Imponer una restricción así requiere de una lógica más apremiante que la afirmación de que no debemos jugar a que somos Dios o que, como usted ha dicho, es indebido trascender la duración "natural" de la vida.
     Asimismo, un esfuerzo serio por obstruir tecnologías benéficas que podrían cambiar nuestra naturaleza requeriría de políticas tan severas e irruptoras que sus perjuicios serían mucho mayores que los que se teme puedan causar las propias tecnologías. Si la guerra contra las drogas —con todos sus recursos— ha fracasado, el gobierno tiene pocas esperanzas de negar el acceso a tecnologías que la gente considera benéficas. Incluso sin una imposición implacable, tales restricciones resultarían en que las tecnologías sólo les serían accesibles a los privilegiados. Cuando el aborto era ilegal en algunos estados de la Unión Americana, los ricos simplemente viajaban a lugares más tolerantes.
     Los laboratorios ya pueden seleccionar un embrión humano de seis células al aislar una sola de ellas, leer sus genes y permitir que los padres decidan si desean implantar o desechar el embrión. En Alemania, este tipo de selección es ilegal. Pero esto no les veda la tecnología a los alemanes ricos. Pueden viajar a Bruselas o Londres, donde es legal. Conforme tales experimentos se vayan haciendo más fáciles e instructivos, las enfermedades genéticas acabarán por relegarse al sector menos aventajado de la sociedad. Debemos pensar en cómo hacer que estos experimentos sean más accesibles, y no en obstaculizarlos.
     Si los padres pudieran elegir embriones con facilidad y sin riesgo, ¿acaso no elegirían los que tuvieran predisposición para varios talentos y ciertos tipos de temperamento? Quizá lo harían. Pero las políticas en la Gran Bretaña para impedir que uno elija algo tan inocuo como el sexo de un bebé son un buen ejemplo de la intrusión indeseable del Estado. Permitir que los que quieren realmente a una niña (o a un niño) lo obtengan no daña al bebé resultante ni causa un desequilibrio de género en los países occidentales. Es posible que surjan algunos procedimientos que casi todo el mundo juzgaría inquietantes, pero podemos esperar a que ocurran verdaderamente los problemas antes de movilizarnos para controlarlos. Las nuevas tecnologías reproductivas no son como las armas nucleares, por las que unas cantidades enormes de espectadores inocentes pueden quedar repentinamente convertidos en humo. Podemos darnos el lujo de avanzar con cautela, ver qué problemas se desarrollan y responder cuidadosamente a ellos.
     El verdadero peligro es que unas vagas amenazas a nuestros valores se usen para justificar incursiones políticas inadmisibles que retrasarán los adelantos médicos. Si el Congreso de Estados Unidos, preocupado por la clonación, prohibiera la investigación de células madre embrionarias que podría conducir a tratamientos para el Alzhéimer o la diabetes —y si usted aceptara que se incluyera su nombre en una petición de apoyo a tales leyes—, habría víctimas reales de eso: gente que en el presente y en el futuro padecería esas enfermedades.
     No canalizamos enormes recursos a las ciencias de la vida por pura curiosidad ociosa, sino por un esfuerzo para mejorar nuestras vidas. Evidentemente, las tecnologías resultantes plantean desafíos: alterarán el modo en que concebimos a nuestros hijos, en que manejamos nuestros estados de ánimo e incluso la duración de nuestras vidas. Nos veremos forzados a encarar la pregunta de qué significa ser humanos. ¿Tendremos la valentía para aprovechar las posibilidades venideras o nos rendiremos antes nuestros temores y retrocederemos, con lo cual les dejaremos esta exploración a espíritus más valientes en otras regiones del mundo? ~

     Atentamente,
     Gregory.
     18 de marzo de 2002

***


Estimado Gregory:
Usted ofrece dos argumentos contra la restricción de biotecnologías futuras: primero, que las leyes son innecesarias siempre y cuando las decisiones las tomen los padres en tanto individuos y no los Estados y, segundo, que no pueden imponerse y serían inútiles incluso si llegaran a decretarse. Permítame responder a ambos.
     Si bien las decisiones genéticas que toman los padres tienden a ser, en su conjunto, mejores que las tomadas por Estados coercitivos, hay varios motivos para no otorgarles a los individuos entera libertad de elección en este terreno.
     Los dos primeros son utilitarios. Al meternos en la ingeniería genética de líneas germinales humanas, los problemas de seguridad se multiplican de modo exponencial. La causalidad genética es compleja; múltiples genes interactúan para crear un solo desenlace o un comportamiento, y cada gen por separado tiene efectos múltiples. Dado que un efecto genético a largo plazo puede no aparecer sino décadas después de que se aplicó el procedimiento, los padres quizá tendrán que enfrentar una multitud de consecuencias involuntarias e irreversibles para sus hijos. Esto exige una reglamentación estricta.
     El segundo motivo utilitario atañe a posibles secuelas negativas, fundamento clásico para la reglamentación por parte del Estado, admitido incluso por economistas ortodoxos del libre mercado. Un ejemplo es la selección de sexo. Hoy día en Asia, como resultado del precio bajo de los sonogramas y los abortos, los nacimientos en ciertos sectores revelan una proporción sexual asimétrica: 117 niños por cada cien niñas en China y, en algún momento, 122 niños por cada cien niñas en Corea. La selección sexual es racional desde el punto de vista de los padres individuales, pero le impone un precio alto a la sociedad en términos de la desorganización que puede provocar un grupo grande de hombres jóvenes solteros. Pueden surgir secuelas negativas similares de decisiones individuales; por ejemplo, la de prolongar la vida a cambio de un nivel más bajo de funcionamiento cognitivo y físico.
     Otra serie de inquietudes en torno a la capacidad de "diseñar" niños se refiere al tema ambiguo de en qué consiste mejorar a un ser humano, sobre todo cuando nos internamos en aspectos de la personalidad. Somos el producto de una compleja adaptación evolutiva a nuestro ambiente físico y social. Los procedimientos genéticos realizados por pura moda o corrección política podrían alterar ese equilibrio de modos incomprensibles para nosotros: con el propósito, digamos, de hacer menos agresivos a los niños, más desenvueltas a las niñas, más o menos competitiva a la gente. ¿Se "mejoraría" a un niño afroamericano si se eliminara genéticamente la pigmentación de su piel?
     En última instancia, la discusión atañe a la naturaleza humana misma. A fin de cuentas, los derechos humanos se derivan de la naturaleza humana. Es decir, nos asignamos derechos políticos con base en nuestra idea de cómo los miembros de nuestra especie se asemejan unos a otros y difieren de otras especies. Tenemos la fortuna de ser una especie relativamente homogénea. Las viejas opiniones de que los negros no eran lo suficientemente inteligentes para votar o de que las mujeres eran demasiado emocionales para gozar de igualdad de derechos políticos probaron ser empíricamente falsas. El último capítulo de su libro muestra la perspectiva de un futuro en el que, por efecto de la ingeniería genética, esta homogeneidad se descompondría en grupos humanos biológicos que competirán entre sí. ¿Qué tipo de políticas produciría esta forma de descomposición? La idea de que nuestro orden actual, tolerante, liberal y democrático, sobreviviría a este tipo de cambios es improbable: Nietzsche, no Stuart Mill ni Rawls, sería la medida de las políticas de un futuro como ése.
     Su segunda serie de argumentos asevera que nadie puede detener esta tecnología. Sin duda tiene razón en cuanto que si una técnica biotecnológica futura resulta ser segura, barata, efectiva y muy deseable, los gobiernos no podrían detenerla y probablemente no deberían intentarlo. Lo que yo quiero, sin embargo, no es una prohibición amplia de la tecnología futura, sino una reglamentación estricta en vista de los peligros a que me refiero arriba.
     Hoy en día, reglamentamos la tecnología biomédica constantemente. La gente discute acerca de dónde colocar los diversos límites. Pero el argumento de que, en principio, no pueden reglamentarse procedimientos tan potencialmente riesgosos como, digamos, el de la ingeniería genética de líneas germinales con propósitos de mejoramiento, no tiene ninguna base en la experiencia del pasado.
     Retrasamos el progreso de la ciencia hoy en día por todo tipo de razones éticas. La biomedicina podría avanzar más rápidamente si aboliéramos nuestras reglas acerca de la experimentación humana, como lo hicieron los investigadores nazis, y dejáramos que los doctores les inyectaran sustancias infecciosas a sus pacientes. Imponemos reglas que permiten el uso terapéutico de medicamentos como el Ritalín, al tiempo que prohibimos su uso para el mejoramiento o el entretenimiento.
     El argumento de que estas tecnologías se mudarán a lugares más favorables si se prohíben en Estados Unidos puede tener o no tener peso; todo depende de qué son y cuál es el propósito de la reglamentación. Considero que prohibir la clonación reproductiva es análogo a la legislación que prohíbe el incesto. El propósito de tal prohibición no se vería socavado si unos cuantos ricos pudieran clonarse en el extranjero y, en todo caso, parece que en casi todo el mundo está ganando terreno la preferencia por una prohibición global de la clonación reproductiva. El hecho de que los chinos se queden al margen no es de mucha importancia; los chinos cosechan sin permiso los órganos de prisioneros ejecutados y difícilmente son un ejemplo que quisiéramos emular.
     No creo que un conjunto de reglas diseñadas para encaminar a la biomedicina del futuro hacia fines terapéuticos y no de mejoramiento constituya una intervención opresiva del Estado o rebase con mucho lo que ya se hace en la actualidad. De hecho, lo que usted afirma es que, como las leyes en contra del dopaje de atletas no funcionan el 100% del tiempo, debemos desecharlas y permitir que, en el futuro, nuestros atletas compitan con base en quién tiene el mejor farmacéutico. -
    
Atentamente,
     Francis.
     19 de marzo de 2002


***

Estimado Francis:
Usted es tan receloso ante el cambio en general, y ante la nueva tecnología en particular, que ni siquiera reconoce la conveniencia de permitir que la gente haga uso de procedimientos seguros y benéficos que, sin duda, mejorarían sus vidas. Sólo está dispuesto a consentir que, si una tecnología es "segura, barata, efectiva y muy deseable, los gobiernos probablemente no deberían intentar detenerla". Si ni siquiera acepta las tecnologías que se adecuen a esta condición exigente, no admitiría nunca las posibilidades más problemáticas del mundo real. Pero enfrentarse a tales posibilidades fue lo que hizo mejorar tanto la salud durante el siglo pasado.
     En gran parte, se muestra usted vago cuando se trata de precisar exactamente qué debemos prevenir. Es específico en cuanto a la prohibición de la clonación humana, lo cual apenas resulta más riesgoso que pronunciarse a favor de la maternidad. La selección de sexo presenta una situación más interesante. Argumenté que en Estados Unidos este tipo de selección —que, si se realiza separando el esperma, no destruye embriones— es inocua. La selección de sexo no daña a los bebés; de hecho, los beneficia en el caso de que un bebé del sexo "equivocado" pudiera decepcionar profundamente a los padres. Usted menciona el desequilibrio en las proporciones de sexos en China, pero eso no justifica reglamentar esa práctica en Estados Unidos, donde no surgen tales desequilibrios. Se opone a la selección de sexo en Estados Unidos y ha propuesto la formación de un consejo de revisión, similar al que prohibió este procedimiento en la Gran Bretaña, pero ¿puede usted brindar algo mejor que el temor de que la práctica equivaldría a avanzar hacia un despeñadero? Si usted tiene conocimiento de una secuela grave que haya surgido de la selección de sexo en Estados Unidos, me gustaría que me lo informara.
     Como respuesta a mis comentarios acerca de los beneficios obvios de futuros medicamentos contra el envejecimiento, usted señala que "pueden surgir secuelas negativas de decisiones individuales de prolongar la vida a cambio de un nivel más bajo de funcionamiento cognitivo y físico". Esto es cierto, pero constituye una base aterradora para legislar. Me da escalofríos pensar en los consejos reglamentarios encargados de establecer un equilibrio entre los años adicionales que desea un individuo y el costo social de esos años. Si no quiere permitir procedimientos que retrasen la vejez y otorguen vidas más largas y relativamente saludables, entonces ¿por qué no detener todos los tratamientos para los ancianos y para la gente debilitada? Sus años adicionales representan un costo neto, y suspender el tratamiento médico de la gente con más de 65 años haría maravillas por el achacoso sistema de seguridad social estadounidense. De ahí a eliminar los procedimientos médicos que salvan la vida de víctimas de accidentes con lesiones permanentes hay sólo un paso.
     Sin duda usted considera que una clara línea divisoria entre terapia y mejoramiento evitará tales perversiones, pero esta línea se irá haciendo más borrosa en los años venideros. Los procedimientos contra el envejecimiento, por ejemplo, pertenecen al reino amplio de lo que podría catalogarse como "mejoramiento terapéutico". Si lográramos ganar una década adicional al fortalecer nuestro sistema inmunológico o nuestros mecanismos antioxidantes y de reparación celular, esto equivaldría a un "mejoramiento" humano. Pero también sería una "terapia preventiva", pues retrasaría las enfermedades cardiovasculares, la demencia, el cáncer y otras afecciones de la vejez.
     Prohibir el mejoramiento en los deportes puede justificarse, obviamente, porque constituye una violación de las reglas aceptadas del juego. Pero ni usted ni nuestras instituciones políticas poseen un derecho reconocido de establecer las reglas de la vida. Proscribir todo un ámbito de beneficios que no dañan a otros no sólo es impráctico, sino una tiranía. Tiene razón en cuanto a las ambigüedades del "mejoramiento", pero yo no he sugerido la creación de un proyecto gubernamental enorme que busque la perfección humana. Sólo he hablado de la libertad de decisión por parte de los padres que tendería a desembocar en una mayor diversidad.
     No sostengo que los padres no requieran de vigilancia en el empleo de tecnologías avanzadas para la concepción de bebés, sino meramente que tal vigilancia debe ser mínima, debe concentrarse más bien en los problemas reales que en los imaginarios, y debe ocuparse de la seguridad del bebé y no del orden social o la "persona" de los embriones. Cuando se trata de sus hijos, confío más en el juicio de los padres que en el de los consejos políticos o judiciales. ~
    
Atentamente,
     Gregory.
19 de marzo de 2002


***

Estimado Gregory:
Usted ha malentendido algunos de los puntos de mi respuesta inicial. La cuestión referente a la selección de sexo no es que sería un problema en Estados Unidos; a fin de cuentas, ya es posible actualmente, pero no se practica en demasía. El asunto es que la decisión individual, aunada a la propagación de tecnologías biomédicas baratas, rápidamente puede producir efectos en el nivel de la población con consecuencias graves. El problema con la eugenesia no es simplemente que la patrocine el Estado y sea coercitiva; si la practica una cantidad suficiente de individuos, también puede tener consecuencias sociales negativas.
     Sospecho que si alguna vez Estados Unidos se mete en esto, será con propósitos eventuales de "mejoramiento" potencial, que no tienen que ver con el sexo. Uno de los temas que discuto en mi libro es el de la preferencia sexual. Me parece claro que incluso los padres que son perfectamente tolerantes con la homosexualidad, optarían por hijos no homosexuales en caso de que pudieran elegir, por la sencilla razón de que desearían tener nietos. La proporción de homosexuales en la población caería en forma dramática y no estoy seguro de si la sociedad en su totalidad (por no hablar de los homosexuales) resultaría beneficiada con un resultado así.
     Los gobiernos pueden intervenir exitosamente para corregir este tipo de decisiones individuales. Cuando se advirtió el desequilibrio en la proporción de los sexos en Corea a principios de 1990, el gobierno tomó medidas para imponer las leyes existentes contra la selección sexual, por lo que actualmente la proporción es casi de 50-50. Si el gobierno de una democracia joven como la de Corea pudo hacer esto, no veo por qué nosotros no podríamos hacer otro tanto.
     Cuando señalé que alargar la vida a cambio de una disminución de las capacidades podría provocar efectos negativos, ello no fue para sugerir que debemos prohibir o reglamentar tales procedimientos. Está en lo correcto cuando dice que ya hemos adoptado numerosas innovaciones médicas que suponen trueques similares. Pero la razón por la cual este tema tiene importancia radica en que, en los debates sobre células madre y clonación, parece presuponerse, sin cuestionamiento alguno, que cualquier cosa que prolongue la vida o cure enfermedades está por encima de otras preocupaciones.
     A mí esto no me parece obvio. Quienquiera que se haya paseado por un asilo de ancianos recientemente se dará cuenta de que ciertos adelantos en la biomedicina han creado una situación horrible para muchos ancianos que no logran funcionar como quisieran, pero tampoco morirse. Los adelantos actuales de la biotecnología quizá ofrezcan curas para enfermedades degenerativas relacionadas con la edad, tales como el Alzhéimer o el Párkinson, pero la comunidad de investigadores apenas está poniendo en orden el desastre que ella misma creó. Así que cuando tratamos de establecer un equilibrio entre efectos positivos y negativos a corto plazo, el argumento de que los adelantos médicos son necesariamente buenos debe manejarse con escepticismo.
     Usted acierta cuando afirma que gran parte de mi interés en que existan nuevas instituciones reguladoras tiene que ver con las consecuencias éticas y sociales de la nueva tecnología, y no simplemente con la seguridad. Los Estados intervienen constantemente para fijar normas y producir resultados sociales. Los beneficios posibles de la clonación deben contraponerse a los daños sociales. Considere la siguiente situación: una esposa decide clonarse porque de otro modo su pareja no puede tener hijos. Conforme va creciendo la hija, al esposo le parecerá que su esposa está más vieja y es menos atractiva sexualmente. En el ínterin, su hija, quien será un duplicado de la madre, florecerá sexualmente y se asemejará cada vez más a la mujer de la que él alguna vez se enamoró. Es difícil no darse cuenta de que tal situación produciría un ambiente poco saludable en la familia; en algunos casos, conduciría al incesto.
     No deseo que haya intromisiones tiránicas en la vida íntima. Recomiendo, más bien, que se amplíen las instituciones existentes a fin de se que tomen en cuenta las nuevas posibilidades a las que nos enfrentaremos como resultado de los adelantos tecnológicos. Esto puede suponer reglamentaciones molestas para la industria y para ciertos individuos, pero no será más tiránico que las leyes actuales que prohíben el incesto o, como en el caso de los coreanos, que las que prohíben la selección sexual. Todas las sociedades controlan el comportamiento social mediante una serie de normas, incentivos económicos y leyes. Lo único que sugiero es que la parte que atañe a las leyes se ponga al día y se fortalezca para lo que viene. ~
    
Atentamente,
Francis.
     19 de marzo de 2002


***

Estimado Francis:
Me da gusto saber que está de acuerdo en que la selección de sexo en Estados Unidos no representa una verdadera amenaza. Para mí esto significa que no debe reglamentarse. Más aún, también debemos aplazar la legislación de otras tecnologías similares mientras no surjan problemas. Quizá le preocupen los "efectos en los niveles de la población y sus consecuencias graves", pero su ejemplo del éxito coreano en el manejo de la asimetría de las proporciones de sexo seguramente constituye una prueba de que nos podemos dar el lujo de esperar.
     Consideremos su razonamiento acerca de la clonación. Una cosa es preocuparse por los peligros médicos de una tecnología aún no comprobada, y otra justificar una prohibición total con historias sobre la posible atracción sexual de un futuro padre por la floreciente hija clonada de la esposa. Los hijos no necesariamente tienen que parecerse a uno de sus progenitores para que se propicie el incesto. No podemos lanzarnos a reglamentar a las familias sobre la base de perversiones sexuales hipotéticas. Hay leyes contra el abuso infantil; sólo hay que imponerlas.
     En cuanto a los homosexuales, si hay menos en el futuro debido a las decisiones de la gente respecto a la genética o a la crianza de sus hijos, que así sea. Pero no estoy convencido de que ése sería el resultado. En contra de lo que usted insinúa, los homosexuales sí se reproducen, por medio de óvulos o espermas de donantes, madres sustitutas y parejas del sexo opuesto. Además, este tipo de reproducción se irá facilitando.
     Me da gusto saber que no se opone a las intervenciones contra el envejecimiento; en ocasiones previas, lo había oído decir solamente que los gobiernos no podrían detener tales mejorías. Está en lo correcto cuando afirma que los adelantos en el cuidado de la salud vienen acompañados de desafíos, y que la prolongación innecesaria del dolor y la decrepitud de una persona moribunda no es cosa para jactarse de ella. No constituye razón suficiente para negar el valor de los buenos años adicionales que la medicina moderna le ha otorgado a tanta gente, pero sí para reconocer que debemos encontrar mejores caminos para que los individuos lleguen con dignidad a la muerte cuando ésta ya se avecine.
     Usted dice que sólo está recomendando una ampliación inocua de instituciones ya existentes. No estoy de acuerdo. Entregar las decisiones acerca de la reproducción humana a un proceso político generalmente controlado por los fanáticos de cada bando sería provocar un desastre. Crear nuevas entidades que tengan el poder de proyectar una teoría social e incluso un dogma religioso en la vida familiar equivaldría a desatar un proceso alarmante. (A juzgar por la conformación del comité consultivo para la bioética del presidente Bush, muchos de los encargados de reglamentar serían menos moderados que usted.) Y cuando a los legisladores les da por decirles a los investigadores que no se pueden realizar ciertos tipos de investigación de células madre embrionarias porque las células madre de adultos son igual de eficaces, algo anda mal. Lo que están haciendo estos legisladores es subadministrar un ámbito que no entienden, atentar contra la libertad de investigación y desatender los reclamos de aquellos que padecen enfermedades severas. ~
    
Atentamente,
     Gregory.
22 de marzo de 2002



***

Estimado Gregory:
Una de las virtudes de su libro es que usted está dispuesto a tomar ciertos riesgos al predecir qué cambios se pueden esperar dentro de la tecnología del mejoramiento genético en un futuro a largo plazo. En el último capítulo, sugiere una serie de cosas que podrían ocurrir en un mundo futuro, en el que diversas formas de mejoramiento genético se tornan seguras, efectivas y económicas. Sugiere que la reproducción por medio del sexo podrá desaparecer del todo como resultado de las dificultades en el manejo de cromosomas artificiales in vivo. La reproducción no podría suceder fuera de un laboratorio. Con entera libertad, podríamos alterar nuestras personalidades y nuestros estados de ánimo por medio de medicamentos y de genética.
     Pero, sobre todo, desaparecería la raza humana. Usted sugiere que habría una diferenciación dentro de nuestra especie y, de hecho, una nueva evolución de la especie. Algunas personas decidirán mejorar la habilidad musical, la proeza atlética o el talento matemático de sus hijos. Habrá una división social entre los "mejorados" y los "no mejorados", y en la situación que surgirá difícilmente se podrá evitar que la gente se una a esta carrera de armas genéticas. Además, la diferenciación genética se convertirá en la piedra angular de la política internacional. Si nosotros y los alemanes decidimos no participar, los chinos se lanzarán en pos de este mejoramiento genético y entonces a nosotros, en tanto nación, se nos impondrá el desafío de seguir su ejemplo.
     Lo que no entiendo es cómo alguien piensa que en ese tipo de mundo —en el que la homogeneidad genética existente de los seres humanos se verá socavada— podremos seguir viviendo dentro de la estructura amable, liberal y democrática que gozamos actualmente. Usted razona como si pudiéramos dar por sentada la continuidad de ese mundo político, como si entonces nuestras discusiones más importantes se llevaran a cabo con referencia a si debe haber más reglamentación y menos progreso, o a la inversa.
     Pero ¿qué ocurrirá con la igualdad de oportunidades cuando un niño no mejorado genéticamente para la música desee ser músico, coto ya no privativo de un gremio de músicos, sino de una subespecie de músicos cuya identidad genética esté íntimamente vinculada con ese tipo de vida? ¿Qué impedirá que los "mejorados" empiecen a exigir derechos superiores y busquen dominar a los "no mejorados", ya que son superiores no sólo por estatus social y educación, sino también por razones genéticas? ¿Que ocurrirá con los conflictos internacionales cuando otras sociedades, hostiles, no difieran sólo culturalmente, sino que además tampoco sean enteramente humanas?
     El hecho es que, a esas alturas, no habría ninguna razón teórica ni práctica para no abandonar el principio de la igualdad humana universal. Hoy en día se enarbola con firmeza, en parte como un artículo de fe, pero en parte también porque tiene un sustento empírico. Cuando el principio se enunció en 1776, a los negros y a las mujeres no se les otorgaron derechos políticos en Estados Unidos porque se consideraba que eran demasiado estúpidos o sentimentales, o que carecían de algún rasgo humano esencial, para gozar de igualdad de derechos. Este punto de vista resurgió como racismo científico en el siglo xx, y uno de los grandes logros de nuestra época es que tanto la doctrina empírica como las políticas que se construyeron a partir de esa visión han quedado desacreditadas.
     Por ende, si vamos a aceptar esta tecnología y la perspectiva del automejoramiento humano, no debemos hacerlo a ciegas. Debemos decir, con Nietzsche, que ésta es una gran oportunidad porque finalmente podremos ir más allá de la democracia liberal y reestablecer la posibilidad de la aristocracia natural, de la jerarquía social, del pathos de la separación, e introducir una era de "inmensas guerras del espíritu". ~
    
Atentamente,
     Francis.
23 de marzo de 2002