En la Revista Ñ del 24 de Enero de 2013, por Natalia Suazo.
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/tecnologia-comunicacion/riesgos-tecno-fundamentalismo_0_854314570.html
Todavía estamos en la etapa
tecno fundamentalista, consumiendo, en una etapa de enorme saturación de
tecnología, de acceso a la tecnología, en muchos países, también aquí en la
Argentina. Pero con un altísimo potencial de pasar a otro nivel. Y ciertamente,
esa es mi esperanza.
Aleks Krotoski es, para
todos los que la vimos en su serie La revolución virtual de la BBC (2010), la
periodista-arqueóloga de pelo rojo que viajaba por el mundo con el creador de la
Web, Tim Berners-Lee, buscando los orígenes de ese último invento que cambió al
mundo. Su nombre real es Aleksandra y ya no tiene el pelo rojo, pero sigue
mirando con curiosidad analítica ese universo digital, y en especial cómo
influyen sus diseños en las relaciones humanas. De esto habló en dos
conferencias que dio en 2012 en Argentina, invitada por la Fundación Osde, y de
ello tratará en profundidad su próximo libro, Untagling the Web (Desenredando
la Web), que editó en septiembre Guardian Books. El año pasado, la periodista
estadounidense produjo su podcast para The Guardian Tech Weekly y The Digital
Human para BBC Radio, además de continuar con su actividad académica en el
Oxford Internet Institute.
Durante su visita a
Buenos Aires, en diálogo con Ñ , conversamos sobre las ideas centrales de su
nuevo libro, el peligro en la uniformidad de la información y sobre cómo
enfrentar el momento actual de tecnofunda mentalismo para pasar a una próxima
etapa de nuestra relación con las tecnologías entendiendo las ideologías que
las conciben.
El subtítulo de su
nuevo libro es “Qué es lo que Internet te está haciendo a VOS”. Eso sugiere a
la Web como un objeto que nos ataca si quedamos atrapados en su lógica, pero al
mismo tiempo resalta el valor del individuo en los efectos que tiene la Web.
¿Cómo explica esa dinámica?
El título está
inspirado en todos los temores que la Web genera, en toda la gente que piensa
que la Web sí les está haciendo algo a ellos, a sus hijos, a su salud, a la
política. Y lo que hago es ir a trabajos empíricos de la psicología y la
sociología y buscar si, efectivamente, Internet nos “ha hecho” algo o no. Como
estamos tan metidos en la Web, al estudiar, trabajar, hacer las compras del
supermercado, pedir un taxi, conectarnos con amigos o nuestra familia, la
pregunta de cómo nos afecta como sociedad y cómo afectamos como individuos a la
sociedad, se vuelve válida. Y en donde yo sí veo que la Web nos afectará es en
dos áreas: la privacidad y la identidad.
Respecto de la
privacidad, si miramos el historial y los contenidos de todo lo que publicamos
en Internet para comunicarnos, para comprar, todo eso es una construcción
individual de la identidad, y al mismo tiempo es una construcción social. Pero
un aspecto muy importante de la construcción social de la identidad es la
capacidad de ser olvidados y reinventarnos a nosotros mismos. Eso está
desapareciendo y es una de las fronteras que tendremos que negociar en el
futuro. Lo segundo que tendremos que negociar es cómo buscamos, desde
información hasta amor. Y sobre todo, cómo nos afecta en nuestros puntos de
vista, en confirmar lo que creemos, desde nuestra opinión política hasta cómo
criar a nuestros hijos o qué ponernos para salir a la calle. Tendremos que ser
conscientes sobre cómo queremos que Internet nos afecte. Porque lo hará.
Sabemos más que antes
que los resultados de los buscadores no son azar sino una construcción de los
algoritmos de buscadores como Google. Pero mientras encontremos lo que
buscamos, ¿vamos a cuestionarlo o la comodidad pagará la uniformidad de
información?
Eso no es culpa de la
tecnología en sí, sino de la tecnología adaptándose a algo que naturalmente
hacemos: unirnos a grupos que piensan más o menos lo mismo que nosotros. Lo
irónico de eso es que cuando Internet surgió la pensábamos utópicamente como el
camino para una diversidad infinita de información, una especie humana más
evolucionada y hasta el fin de las guerras (risas). El problema es que la Web
evolucione hacia un ecosistema cerrado que incentiva la intolerancia, los
grupos que no se abren a lo distinto, la individualidad extrema.
Usted dice que hay que
reclamar nuestro derecho a la “serendipia”, entendida como un descubrimiento o
un hallazgo inesperado que se produce cuando se busca otra cosa. ¿Cómo se hace?
Cuando trabajé en mi
proyecto Serendipity Engine (“Motor de Serendipia”,
theserendipityengine.tumblr.com) quería entender los sesgos o las agendas que
construyen las tecnologías que usamos diariamente. Cuando escuchamos una
canción, probablemente sabemos en qué momento histórico o en qué país fue
compuesta. Con la tecnología todavía no tenemos ese tipo de conciencia, pero de
hecho pasa lo mismo.
Google tiene una mirada
particular del mundo, construida desde el norte de California por Larry Page y
Sergey Brin, educados en la burbuja de Stanford, y con cosas que para ellos son
relevantes. Eso es lo que Google es hoy, pero más importante es lo que Google
quiere ser en el futuro. Sobre eso, cuando era CEO de la empresa, Eric Schmidt
declaró que quería que Google fuera “no sólo un motor de búsqueda, sino un
motor de serendipia”, es decir, que pudiera predecir lo que la gente iba a
preguntarse. ¡Y me pareció escalofriante! Porque la serendipia no se puede
predecir. Es un fenómeno individual, que se produce por accidente y que termina
teniendo valor. Y encontré que el propósito que tenían era juntar toda la
información que vos les dabas a través de tus búsquedas, tu teléfono, tu
ubicación, palabras claves, interacciones, para terminar definiendo qué es lo
que querrías en el futuro. Entonces si escribías un mensaje a un amigo con
“salgamos esta noche”, y ayer habías buscado “recetas thai”, cuando buscabas un
restaurant y tu teléfono te sugería “Ey, a dos cuadras hay un restaurante
thai”, no había ninguna coincidencia, sino un servicio para una necesidad. El
problema es que la serendipia es esencial para la creatividad y para los
descubrimientos científicos, para hacer que las cosas den saltos hacia
adelante. Por eso hay que reclamar la serendipia y cuidarla de que sea
totalmente direccionada por la tecnología: porque es importante para el
progreso de la sociedad.
En un artículo
reciente, Ud. cita a Rebecca Mackinnon diciendo que “entendemos cómo el poder
funciona en el mundo físico, pero todavía no entendemos claramente cómo lo hace
en la esfera digital”. ¿Cuán lejos estamos de ver el poder de las corporaciones
en lo digital? ¿Y cómo podemos enseñarlo a las nuevas generaciones
críticamente?
Creo que allí está uno
de los puntos fundamentales en cómo la tecnología va a afectarnos en el futuro:
en poder verla no sólo instrumentalmente, sino críticamente en su poder. Hay
una escuela de pensamiento que sostiene que nos hemos convertido en tecno
fundamentalistas, en personas que vemos a las máquinas con poderes mágicos y eso
es algo de lo que tenemos que ser más críticos. Una forma muy sencilla de
hacerlo es viendo a las personas que crean las tecnologías. Con esto no estoy
diciendo que Mark Zuckerberg, Larry Page o Jeff Bezos tienen un “nuevo orden
mundial” en la cabeza, sino de entender algo más simple que es qué ideologías
están detrás de lo que crean y a partir de eso ser más críticos con lo que
depositamos o no en esas tecnologías.
Todo esto también tiene
que ver con tu pregunta sobre el poder en el mundo online y las batallas que se
dan. Es un proceso clásico de construcción de las comunidades, donde primero
existe una primera etapa muy idealista. Luego, comienza a verse un “enemigo”
que fuerza a la comunidad a redefinirse, a preguntarse: “¿En qué cree este
software que estoy usando?”, “¿Yo creo esto mismo o creo otra cosa?”. Y
entonces ahí podemos empezar a construir nuestra identidad, pensando si también
concebimos nuestra identidad o privacidad de la misma forma, si creemos que la
privacidad o las relaciones son esas cosas que nos proponen o son cosas
distintas. Y eso, como usuarios de una comunidad de Internet, es lo que crea
conflictos que reactivan la forma en que usamos los servicios.
¿Y en qué momento
estamos ahora?
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