Película de 1927. Dirigida por Fritz Lang.
Escena de la transformación de María en un androide.
domingo, 17 de febrero de 2013
Encuentro Nocturno
Por Ray Bradbury (1920-2012)
Antes de subir hacia
las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
-Aquí se sentirá usted
bastante solo -le dijo al viejo.
El viejo pasó un trapo
por el parabrisas de la camioneta.
-No me quejo.
-¿Le gusta Marte?
-Muchísimo. Siempre hay
algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no
preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí,
y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un
tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de
noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a
retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una
vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se
aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan
diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de
gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja
carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede
tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
-Ha dado usted en el
clavo -dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento.
Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía
dos días libres y iba a una fiesta.
-Ya nada me sorprende
-prosiguió el viejo-. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como
es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire,
los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí)
y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro
en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de
este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera
encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste
para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es
como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted
lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos
colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos
dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que
esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones?
Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.
Tomás se alejó por la
antigua carretera, riendo entre dientes.
Era un largo camino que
se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el
volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del
almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil,
ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía
el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el
silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso
y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.
Esta noche había en el
aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del
polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua
en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas
vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la
nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un
cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de
Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su
sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta),
esta noche casi se podía tocar el tiempo.
La camioneta se internó
en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó
rígidamente, con la mirada fija en el camino.
Entraba en una muerta
aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche.
Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas.
Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.
Puso en marcha el
motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la
camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una
loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió
una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y
apacible.
Unos cinco minutos
después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua
carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina y luego un murmullo.
Tomás se volvió
lentamente, con la taza de café en la mano derecha.
Y asomó en las colinas
una extraña aparición.
Era una máquina que
parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba
suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban
sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos
multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las
últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos
de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.
Tomás levantó una mano
y pensó automáticamente:
¡Hola!, aunque no movió
los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos
azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en
casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única
defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un
cierto temor le oprimía el pecho.
También el marciano
tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire
frío de la noche.
Tomás dio el primer
paso.
-¡Hola! -gritó.
-¡Hola! -contesto el
marciano en su propio idioma. No se entendieron.
-¿Has dicho hola?
-dijeron los dos.
-¿Qué has dicho?
-preguntaron, cada uno en su lengua.
Los dos fruncieron el
ceño.
-¿Quién eres? -dijo
Tomás en inglés.
-¿Qué haces aquí -dijo
el otro en marciano.
-¿A dónde vas? -dijeron
los dos al mismo tiempo, confundidos.
-Yo soy Tomás Gómez,
-Yo soy Muhe Ca.
No entendieron las
palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el
marciano se echó a reír.
-¡Espera!
Tomás sintió que le
rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
-Ya está -dijo el
marciano en inglés-. Así es mejor.
-¡Qué pronto has
aprendido mi idioma!
-No es nada.
Turbados por el nuevo
silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
-¿Algo distinto? -dijo
el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.
-¿Puedo ofrecerte una
taza? -dijo Tomás.
-Por favor.
El marciano descendió
de su máquina.
Tomás sacó otra taza,
la llenó de café y se la ofreció.
La mano de Tomás y la
mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.
-¡Dios mío! -gritó
Tomás, y soltó la taza.
-¡En nombre de los
Dioses! -dijo el marciano en su propio idioma.
-¿Viste lo que pasó? -
murmuraron ambos, helados por el terror.
El marciano se inclinó
para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
-¡Señor! -dijo Tomás.
-Realmente... -comenzó
a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo
de su cinturón.
-¡Eh! -gritó Tomás.
-Has entendido mal.
¡Tómalo!
El marciano tiró al
aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la
carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió,
estremeciéndose.
Miró luego al marciano
que se perfilaba contra el cielo.
-¡Las estrellas! -dijo.
-¡Las estrellas!
-respondió el marciano mirando a Tomás.
Las estrellas eran
blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne
como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez
gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho
del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.
-¡Eres transparente!
-dijo Tomás.
-¡Y tú también!
-replicó el marciano retrocediendo.
Tomás se tocó el
cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.
El marciano se tocó la
nariz y los labios.
-Yo tengo carne
-murmuró-. Yo estoy vivo.
Tomás miró fijamente al
fío.
-Y si yo soy real, tú
debes de estar muerto.
-¡No! ¡Tú!
-¡Un espectro!
-¡Un fantasma!
Se señalaron el uno al
otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como
trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron
intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese
otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos
mundos distantes.
Estoy borracho, pensó
Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
Se miraron un tiempo,
de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
-¿De dónde eres?
-preguntó al fin el marciano.
-De la Tierra.
-¿Qué es eso?
Tomás señaló el
firmamento.
-¿Cuándo llegaste?
-Hace más de un año,
¿no recuerdas?
-No.
-Y todos ustedes
estaban muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo
sabes?
-No. No es cierto.
-Sí. Todos muertos. Yo
vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares
de muertos.
-Eso es ridículo.
¡Estamos vivos!
-Escúchame. Marte ha
sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.
-¿Yo? ¿Escapar de qué?
No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas
Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
Tomás miró hacia donde
indicaba el marciano y vio las ruinas.
-Pero cómo, esa ciudad
está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a
reír.
-¡Muerta! Dormí allí
anoche.
-Y yo estuve allí la
semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves
las columnas rotas?
-¿Rotas? Las veo
perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
-Hay polvo en las
calles -dijo Tomás.
-¡Las calles están
limpias!
-Los canales están
vacíos.
-¡Los canales están
llenos de vino de lavándula!
-Está muerta.
-¡Está viva! -protestó
el marciano riéndose cada vez más-. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces
de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas
esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego
en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy,
a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos,
haremos el amor. ¿No las ves?
-Tu ciudad está muerta
como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la
Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de
Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de
madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y
levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta
noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de
cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y
whisky...
El marciano estaba
inquieto.
-¿Dónde está todo eso?
Tomás lo llevó hasta el
borde de la colina y señaló a lo lejos.
-Allá están los
cohetes. ¿Los ves?
-No.
-¡Maldita sea! ¡Ahí
están! Esos aparatos largos y plateados.
-No.
Tomás se echó a reír.
-¡Estás ciego!
-Veo perfectamente.
¡Eres tú el que no ve!
-Pero ves la nueva
ciudad, ¿no es cierto?
-Yo veo un océano, y la
marea baja.
-Señor, esa agua se
evaporó hace cuarenta siglos.
-¡Vamos, vamos! ¡Basta
ya!
-Es cierto, te lo
aseguro.
El marciano se puso muy
serio.
-Dime otra vez. ¿No ves
la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las
luces de la fiesta... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los
cantos. ¡No están tan lejos!
Tomás escuchó y sacudió
la cabeza.
-No.
-Y yo, en cambio, no
puedo ver lo que tú me describes -dijo el marciano.
Volvieron a
estremecerse. Sintieron frío.
-¿Podría ser?
-¿Qué?
-¿Dijiste que «del
cielo»?
-De la Tierra.
-La Tierra, un nombre,
nada -dijo el marciano-. Pero... al subir por el camino hace una hora...
sentí...
Se llevó una mano a la
nuca.
-¿Frío?
-Sí.
-¿Y ahora?
-Vuelvo a sentir frío.
¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino... -dijo el
marciano-. Una sensación extraña... El camino, la luz... Durante unos instante
creí ser el único sobreviviente de este mundo.
-Lo mismo me pasó a mí
-dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo
secreto y apasionante.
El marciano meditó unos
instantes con los ojos cerrados.
-Sólo hay una
explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
-No. Tú, tú eres del
pasado -dijo el hombre de la Tierra.
-¡Qué seguro estas!
¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué
año estamos?
-En el año dos mil dos.
-¿Qué significa eso
para mí?
Tomás reflexionó y se
encogió de hombros.
-Nada.
-Es como si te dijera
que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si
algún reloj nos indicase la posición de las estrellas...
-¡Pero las ruinas lo
demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás
muerto.
-Todo en mí lo
desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No,
no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la
muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan.
¿Ruinas dijiste?
-Sí. ¿Tienes miedo?
-¿Quién desea ver el
futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con
el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y
que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores
marchitas? -El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. -Pero están ahí.
Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
Y a Tomás también lo
esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la
Tierra.
-Jamás nos pondremos de
acuerdo -dijo.
-Admitamos nuestro
desacuerdo -dijo el marciano-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si
ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil
años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro
de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces.
La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los
pájaros.
Tomás tendió la mano. El
marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.
-¿Volveremos a
encontrarnos?
-¡Quién sabe! Tal vez
otra noche.
-Me gustaría ir contigo
a la fiesta.
-Y a mí me gustaría ir
a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que
sucedió.
-Adiós -dijo Tomás.
-Buenas noches.
El marciano voló
serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se
metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
-¡Dios mío! ¡Qué
pesadillas! -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los
cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la
fiesta.
-¡Qué extraña visión!
-se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los
canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
La noche era oscura. Las
lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera
ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin
nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.
Los riesgos del tecnofundamentalismo
Entrevista con Aleks Krotoski.
En la Revista Ñ del 24 de Enero de 2013, por Natalia Suazo.
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/tecnologia-comunicacion/riesgos-tecno-fundamentalismo_0_854314570.html
Todavía estamos en la etapa
tecno fundamentalista, consumiendo, en una etapa de enorme saturación de
tecnología, de acceso a la tecnología, en muchos países, también aquí en la
Argentina. Pero con un altísimo potencial de pasar a otro nivel. Y ciertamente,
esa es mi esperanza.
Aleks Krotoski es, para
todos los que la vimos en su serie La revolución virtual de la BBC (2010), la
periodista-arqueóloga de pelo rojo que viajaba por el mundo con el creador de la
Web, Tim Berners-Lee, buscando los orígenes de ese último invento que cambió al
mundo. Su nombre real es Aleksandra y ya no tiene el pelo rojo, pero sigue
mirando con curiosidad analítica ese universo digital, y en especial cómo
influyen sus diseños en las relaciones humanas. De esto habló en dos
conferencias que dio en 2012 en Argentina, invitada por la Fundación Osde, y de
ello tratará en profundidad su próximo libro, Untagling the Web (Desenredando
la Web), que editó en septiembre Guardian Books. El año pasado, la periodista
estadounidense produjo su podcast para The Guardian Tech Weekly y The Digital
Human para BBC Radio, además de continuar con su actividad académica en el
Oxford Internet Institute.
Durante su visita a
Buenos Aires, en diálogo con Ñ , conversamos sobre las ideas centrales de su
nuevo libro, el peligro en la uniformidad de la información y sobre cómo
enfrentar el momento actual de tecnofunda mentalismo para pasar a una próxima
etapa de nuestra relación con las tecnologías entendiendo las ideologías que
las conciben.
El subtítulo de su
nuevo libro es “Qué es lo que Internet te está haciendo a VOS”. Eso sugiere a
la Web como un objeto que nos ataca si quedamos atrapados en su lógica, pero al
mismo tiempo resalta el valor del individuo en los efectos que tiene la Web.
¿Cómo explica esa dinámica?
El título está
inspirado en todos los temores que la Web genera, en toda la gente que piensa
que la Web sí les está haciendo algo a ellos, a sus hijos, a su salud, a la
política. Y lo que hago es ir a trabajos empíricos de la psicología y la
sociología y buscar si, efectivamente, Internet nos “ha hecho” algo o no. Como
estamos tan metidos en la Web, al estudiar, trabajar, hacer las compras del
supermercado, pedir un taxi, conectarnos con amigos o nuestra familia, la
pregunta de cómo nos afecta como sociedad y cómo afectamos como individuos a la
sociedad, se vuelve válida. Y en donde yo sí veo que la Web nos afectará es en
dos áreas: la privacidad y la identidad.
Respecto de la
privacidad, si miramos el historial y los contenidos de todo lo que publicamos
en Internet para comunicarnos, para comprar, todo eso es una construcción
individual de la identidad, y al mismo tiempo es una construcción social. Pero
un aspecto muy importante de la construcción social de la identidad es la
capacidad de ser olvidados y reinventarnos a nosotros mismos. Eso está
desapareciendo y es una de las fronteras que tendremos que negociar en el
futuro. Lo segundo que tendremos que negociar es cómo buscamos, desde
información hasta amor. Y sobre todo, cómo nos afecta en nuestros puntos de
vista, en confirmar lo que creemos, desde nuestra opinión política hasta cómo
criar a nuestros hijos o qué ponernos para salir a la calle. Tendremos que ser
conscientes sobre cómo queremos que Internet nos afecte. Porque lo hará.
Sabemos más que antes
que los resultados de los buscadores no son azar sino una construcción de los
algoritmos de buscadores como Google. Pero mientras encontremos lo que
buscamos, ¿vamos a cuestionarlo o la comodidad pagará la uniformidad de
información?
Eso no es culpa de la
tecnología en sí, sino de la tecnología adaptándose a algo que naturalmente
hacemos: unirnos a grupos que piensan más o menos lo mismo que nosotros. Lo
irónico de eso es que cuando Internet surgió la pensábamos utópicamente como el
camino para una diversidad infinita de información, una especie humana más
evolucionada y hasta el fin de las guerras (risas). El problema es que la Web
evolucione hacia un ecosistema cerrado que incentiva la intolerancia, los
grupos que no se abren a lo distinto, la individualidad extrema.
Usted dice que hay que
reclamar nuestro derecho a la “serendipia”, entendida como un descubrimiento o
un hallazgo inesperado que se produce cuando se busca otra cosa. ¿Cómo se hace?
Cuando trabajé en mi
proyecto Serendipity Engine (“Motor de Serendipia”,
theserendipityengine.tumblr.com) quería entender los sesgos o las agendas que
construyen las tecnologías que usamos diariamente. Cuando escuchamos una
canción, probablemente sabemos en qué momento histórico o en qué país fue
compuesta. Con la tecnología todavía no tenemos ese tipo de conciencia, pero de
hecho pasa lo mismo.
Google tiene una mirada
particular del mundo, construida desde el norte de California por Larry Page y
Sergey Brin, educados en la burbuja de Stanford, y con cosas que para ellos son
relevantes. Eso es lo que Google es hoy, pero más importante es lo que Google
quiere ser en el futuro. Sobre eso, cuando era CEO de la empresa, Eric Schmidt
declaró que quería que Google fuera “no sólo un motor de búsqueda, sino un
motor de serendipia”, es decir, que pudiera predecir lo que la gente iba a
preguntarse. ¡Y me pareció escalofriante! Porque la serendipia no se puede
predecir. Es un fenómeno individual, que se produce por accidente y que termina
teniendo valor. Y encontré que el propósito que tenían era juntar toda la
información que vos les dabas a través de tus búsquedas, tu teléfono, tu
ubicación, palabras claves, interacciones, para terminar definiendo qué es lo
que querrías en el futuro. Entonces si escribías un mensaje a un amigo con
“salgamos esta noche”, y ayer habías buscado “recetas thai”, cuando buscabas un
restaurant y tu teléfono te sugería “Ey, a dos cuadras hay un restaurante
thai”, no había ninguna coincidencia, sino un servicio para una necesidad. El
problema es que la serendipia es esencial para la creatividad y para los
descubrimientos científicos, para hacer que las cosas den saltos hacia
adelante. Por eso hay que reclamar la serendipia y cuidarla de que sea
totalmente direccionada por la tecnología: porque es importante para el
progreso de la sociedad.
En un artículo
reciente, Ud. cita a Rebecca Mackinnon diciendo que “entendemos cómo el poder
funciona en el mundo físico, pero todavía no entendemos claramente cómo lo hace
en la esfera digital”. ¿Cuán lejos estamos de ver el poder de las corporaciones
en lo digital? ¿Y cómo podemos enseñarlo a las nuevas generaciones
críticamente?
Creo que allí está uno
de los puntos fundamentales en cómo la tecnología va a afectarnos en el futuro:
en poder verla no sólo instrumentalmente, sino críticamente en su poder. Hay
una escuela de pensamiento que sostiene que nos hemos convertido en tecno
fundamentalistas, en personas que vemos a las máquinas con poderes mágicos y eso
es algo de lo que tenemos que ser más críticos. Una forma muy sencilla de
hacerlo es viendo a las personas que crean las tecnologías. Con esto no estoy
diciendo que Mark Zuckerberg, Larry Page o Jeff Bezos tienen un “nuevo orden
mundial” en la cabeza, sino de entender algo más simple que es qué ideologías
están detrás de lo que crean y a partir de eso ser más críticos con lo que
depositamos o no en esas tecnologías.
Todo esto también tiene
que ver con tu pregunta sobre el poder en el mundo online y las batallas que se
dan. Es un proceso clásico de construcción de las comunidades, donde primero
existe una primera etapa muy idealista. Luego, comienza a verse un “enemigo”
que fuerza a la comunidad a redefinirse, a preguntarse: “¿En qué cree este
software que estoy usando?”, “¿Yo creo esto mismo o creo otra cosa?”. Y
entonces ahí podemos empezar a construir nuestra identidad, pensando si también
concebimos nuestra identidad o privacidad de la misma forma, si creemos que la
privacidad o las relaciones son esas cosas que nos proponen o son cosas
distintas. Y eso, como usuarios de una comunidad de Internet, es lo que crea
conflictos que reactivan la forma en que usamos los servicios.
¿Y en qué momento
estamos ahora?
El narrador robot y el lector wii
Por Doménico Chiappe
El
texto, entendido como el espacio del lenguaje definido por Barthes, ha
traspasado, desde siempre, los formatos que contienen las obras literarias. A
lo largo de la historia, las tecnologías han producido nuevos formatos a los
que el texto puede acoplarse, modificar sus signos, generar retóricas. El texto
es intangible, sólo se presiente gracias a la experimentación. Desde hace poco
tiempo, algo más de doscientos años, el texto pertenece a su autor. La figura
del autor y las reglas comerciales derivadas de la invención de la imprenta han
contribuido a colocar a la obra (el libro, fragmento de sustancia) por encima
de la noción del texto.
La
inteligencia artificial podría crear un tipo de narrador, inexistente aún en
todo su potencial, que genere tantas historias como información tenga del
lector. Utilizar el “historial” de navegación, los datos tecleados en los
buscadores, el perfil de Twitter, para confeccionar una historia a la medida
sentimental del lector. El narrador robot inaugura una etapa que ya ha
comenzado a colarse en Facebook, donde se “publican” novelas como The Fugue o
The Architects are Here, cuyos capítulos se transmiten desde esta plataforma
como mensajes para el afiliado. En estas obras se aplican cuestiones simples de
programación que generan gran eficacia narrativa, como cambiar los nombres
propios de los personajes por el del lector y sus amigos, obtenidos de esta
información pública que son los perfiles y los listados de amistades.
Aparte
de la utilización de las bases de datos suministradas por internet existen
otras posibilidades para la literatura, en estos tiempos en que los artistas
más interesantes del panorama no los producen los lobbys del arte, como el caso
del kitsch Damien Hirst, sino los ingenieros que fabrican obras de AI
(inteligencia artificial), como Philip Beesley y Rob Goberz, que presentaron en
la exposición Vida 11.0 su obra Hylozoic Soil, en donde unas formas vegetales,
construidas con acrílico y sensores, respondían a la cercanía y movimientos del
público, al desperezarse o esconderse. Recursos más interesantes para las
posibilidades narrativas se intuían en la instalación ALAVS 2.0 (Autonomous Light
Air Vessels), en la que una “manada” de “animales” (en realidad, pequeños
globos aerostáticos) reaccionaban ante la propuesta de amistad o enemistad que
recibían del usuario, quien les hablaba por teléfono móvil. En este caso, la
dicotomía de la comunicación (sí / no) restringía las acciones (estampidas o
acercamientos, aceptar alimento o camuflarse) pero permite avizorar la
complejidad dramática que sólo un narrador robot, presto las veinticuatro horas
del día a modificar su trama en función de las exigencias del lector, puede
asumir.
Con
esta particular atención –que va más allá de la interacción permitida hoy por
las plataformas hipermedias–, el narrador podría despertar un tipo de reacción
más intensa en el lector: por primera vez, existirá reciprocidad. El personaje
(y el narrador se considera un personaje más en la trama, aun cuando realice su
función desde fuera de la acción, como en el caso del omnisciente) corresponde
a sus sentimientos y deseos. Y por primera vez también desde que la lectura silenciosa
revolucionó la cultura (que según Roger Chartier sucedió cuando dejó de ser
“necesariamente oralizada”), el lector es tratado como individuo y no como
masa.
¿Cómo
competirá la humanidad ante el narrador robot? ¿El texto, la literatura,
podrían perder el componente humano? En respuesta, interviene el lector, que
asume un rol creador; un lector tan activo como un niño que juega Tomb Raider
en su Wii, la consola que ha revolucionado el mundo de los videojuegos al
permitir que las respuestas corporales sean “leídas” y procesadas por la
máquina. El uso del mando Wiimote, con el que Nintendo ha superado a sus
competidores Sony y Microsoft, se comienza a utilizar también para la plástica,
el teatro y la música, gracias a su capacidad para convertir los movimientos en
imágenes y sonidos. La performance y las obras de arte establecen una relación
de simbiosis con el objeto: el Wiimote, creado como interfaz de un programa
cíclico y reiterativo (el videojuego), adquiere una dimensión cultural y
social.
La
participación activa del lector se aleja de aquella que retrató, con ironía,
Jorge Luis Borges en su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”: “no quería
componer otro Quijote –lo cual es fácil– sino ‘el Quijote’. Inútil agregar que
no encaró nunca una trascripción mecánica del original; no se proponía
copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran
–palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes”. Para
lograr el objetivo decidió “seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote a
través de las experiencias de Pierre Menard”. El narrador es un desprejuiciado
admirador de Menard y cataloga “el fragmentario Quijote de Menard” como “más
sutil que el de Cervantes” y le resulta “irrefutable” la “influencia de
Nietzche” cuando Menard transcribe un capítulo: “El texto de Cervantes y el de
Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más
rico”. Y concluye el narrador: “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido
mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la
técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas […] Esa
técnica puebla de aventura los libros más calmosos.”
Alejado
de la pasividad sobrevalorada por la crítica actual que, como el narrador fabricado
por Borges, aplaude transcripciones como la de Menard, el nuevo lector se
enfrentará a un narrador robot dispuesto a obedecerle. Y con esta sumisión, le
exige actuar. ¿De qué será capaz un lector Wii al interactuar por medio del
tacto, los movimientos, la voz, la escritura y todo aquello que transforma el
pensamiento en mensajes (e incluso aquello que lanza mensajes involuntarios: el
olor, el sudor)? Se podría imaginar una obra cuyas tramas avancen con los
movimientos del cuerpo; libros en donde las descripciones se huelan y saboreen,
donde las reacciones del lector produzcan, a su vez, reacciones en los
personajes; donde el usuario “viva” más que imagine. Y su vivencia influirá en
la trama.
El
lector-creador no necesitará poseer talento ni tampoco un gran aparataje
técnico, gracias a esa facilidad de movimientos que brinda una tecnología
similar a la de la Wii. Asumirá la figura de un DJ, que altera, mezcla y graba
una música propia, generada a partir de otras composiciones (protegidas por los
derechos de autor) y sin necesidad de saber ejecutar ningún instrumento. El
resultado es una creación nueva, sin atisbos aparentes de la materia prima
(otras creaciones registradas). Aplicado a la literatura, el DJ-lector generará
su libro. La noción barthesiana del texto, de tejido hilado de significantes
que hace que toda obra sea intertextual, que tiene más importancia que la obra,
obtiene aquí plena relevancia. A comienzos de los años setenta Barthes asumía
las ideas de Mallarmé (el público debe producir el libro) y acusaba que la
“reducción de la lectura a un consumo” era “responsable del ‘aburrimiento’ que
muchos experimentan ante el texto moderno”. Las tecnologías y sus posibilidades
para la escritura amenazan el rol pasivo del lector y, al mismo tiempo y como
consecuencia directa, la hegemonía y autoridad del crítico.
La vanguardia ha sido
relevante cuando ha experimentado con las formas artísticas. No generó un
movimiento el primer autor que incluyó un teléfono o un televisor en la trama.
Lo generó, por ejemplo, quien fragmentó la narrativa (plástica o literaria). En
el siglo XX surgieron varias tendencias que, si bien no han perdurado en su
forma más pura, han permeado en el lenguaje que busca la literatura hipermedia:
del expresionismo toma el polifacetismo, que según define Guillermo de Torre
consiste en “la variedad de rasgos y multiplicidad de géneros con que se
manifiesta”; del simultaneísmo, la forma en que “situadas en el mismo plano, se
mezclan percepciones directas, jirones del recuerdo [...] equivalentes de los
collages”; del cubismo, el fragmentarismo y la elipsis; del existencialismo,
“la elección que hacen (los autores) al escribir con imágenes, más que con
razonamientos”; y de los recursos informáticos, el datamining (aprovechamiento
específico de las bases de datos), la aleatoriedad y la interactividad, para
potenciar los narradores robots y los lectores activos, cada vez más activos.
lunes, 4 de febrero de 2013
La soportable levedad de la tecnología
por Gabriela Warkentin
Sí,
nos hemos convertido en cyborgs, ¡¿y
qué...?!
Me imagino el rostro de más de uno, el
rictus desaprobatorio, la mirada que acusa, una voz que no termina de enunciar
una especie de proclama: no podemos permitir que la tecnología nos deshumanice,
no podemos permitirlo, no podemos. Pero la realidad puede ser bastante menos
escandalosa que esto. Nos hemos convertido en cyborgs, nos estamos convirtiendo un poco en cyborgs, y tal vez lo único que hacemos al reconocer esta
transformación —que no es cosa menor— es redefinir un poco lo que entendemos o
solíamos entender por ser humano. Ampliando nuestros horizontes, dirían los
clásicos.
Sé que juego con las palabras cuando digo
que nos estamos convirtiendo un poco en cyborgs.
La definición del diccionario nos dice que cyborg
es un concepto que se deriva de cybernetic
y organism —organismo cibernético.
Manfred Clynes, a quienes muchos atribuyen haber sido el primero en acuñar este
término, allá por los años sesenta del siglo pasado, recogía en este concepto
la creciente necesidad del ser humano por ampliar artificialmente sus funciones
biológicas para poder sobrevivir en el espacio, allá afuera, lejos, en
territorio hostil a la frágil humanidad. Es decir que desde sus orígenes, un cyborg era aquel ser humano que
necesitaba de ayuda tecnológica para controlar, ampliar y expandir sus
funciones. Con el paso del tiempo, sucedió lo que siempre con todos los
conceptos que nos suenan entre misteriosos y seductores: el imaginario
finisecular le adjudicó al cyborg la
personalidad de una especie de Robocop,
un ser vivo (¿todavía humano?) que combinaba en su materialidad lo biológico
con que todos nacemos y lo tecnológico con que algunos sueñan (desde el brazo
biónico del hombre de los seis millones de dólares, hasta los implantes más
complicados para intervenir el flujo neuronal).
Quedémonos, para fines de esta revisión,
con una working definition:
entendamos por cyborg, en la
conciencia de estar descartando acepciones científicamente mejor sustentadas,
un ser humano que depende de o recurre a la tecnología para llevar a cabo sus
actividades cotidianas. Nada más aclaremos: no hablamos de cualquier
tecnología, sino de la de cómputo y de los desarrollos de la cibernética, en su
vertiginosa carrera hacia la miniaturización perfecta; y no aludimos a alguna
actividad en específico, sino a todas aquellas, aun las más nimias, que vamos
incorporando en la medida en que la complejidad se convierte en la forma de
entendernos socialmente.
Así, imaginemos entonces, por un momento,
al ciudadano de este inicio del siglo XXI: al oído, un aparato reproductor de
música, cada vez más pequeño y ligero, que permite en modelos más recientes
portar hasta quince mil canciones (y si el promedio de duración de una canción
es de tres minutos, entonces tenemos en un aparato, que apenas pesa doscientos
gramos, música para escuchar durante 31 días seguidos); en la mano (o al oído
libre) un celular con el cual hacer llamadas telefónicas, enviar mensajes (los
famosos SMS), jugar, fotografiar y, en una de ésas, componer alguna canción en
caso de que las quince mil del reproductor portátil no sean suficientes (y para
seguir con las cifras, apuntemos que sólo en México, de acuerdo con datos
oficiales, se envían a diario alrededor de cincuenta millones de mensajes vía
celular); frente a él, algún sistema de cómputo con el cual producir, recibir y
compartir contenidos (con equipos portátiles que se hacen cada vez más ligeros
—poco más de un kilogramo de peso para cuarenta GB en disco duro); sumemos por
ahí alguna agenda electrónica (que se sincronice con la computadora y el
celular), tal vez una consola de videojuegos (interconectada para aprovechar
los beneficios de la adrenalina compartida), por supuesto un televisor (de
pantalla plana cual agradable decoración de pared). Éste, más o menos, es el cyborg de principios de nuestro siglo:
no ciertamente el hombre robot con los implantes de alta tecnología con que ha
fantaseado Hollywood, pero sí el ciudadano cuyos sentidos e inteligencia no
terminan ya donde acaban las células de su cuerpo, sino que incorporan las
"células metálicas" de los aparatos que penden de su humanidad.
Sabemos que este ser humano tecnologizado
despierta más de una sospecha o temor en quienes viven en la nostalgia escénica
de un mundo "más natural que ya se nos fue": un mundo en el que nadie
necesitaba quince mil canciones para escucharlas en el aislamiento del audífono
incrustado cerca del tímpano; un mundo en el que, para socializar, no se
necesitaban consolas de videojuegos interconectadas ni largas sesiones de chat;
un mundo en el que la información para la formación se sacaba de un libro y no
se pirateaba de internet; un mundo en el que nos veíamos las caras y olíamos
nuestros humores.
Me atrevo, sin embargo, a sostener que
este cyborg del incipiente siglo XXI
no es menos humano ni más artificial que los seres que nos precedieron. El
individuo que ha incorporado la tecnología cada vez más ligera, pequeña y, por
lo mismo, portátil nos está mostrando que la realidad no se agota en las
dimensiones que hasta ahora conocíamos. Como en otros momentos de la historia,
hoy estamos nuevamente aprendiendo a escuchar de una manera diferente, a ver de
una manera diferente y, sobre todo, a socializar de una manera diferente. El
incipiente cyborg con el que
convivimos a diario es un ser conectado, vinculado, de acciones simultáneas y
en perpetua incorporación de nuevos estímulos. La tendencia de la tecnología a
miniaturizarse, al grado de introducirse en nuestra corporeidad, es sólo
reflejo de este nuevo ciudadano: un ser humano que propone que lo que hacemos,
lo podemos hacer en todo momento, a toda hora y con quien nosotros queramos.
¿La soportable levedad de la tecnología nos ofrece una nueva libertad? Tal vez
no tanto. Pero hay algo que no podemos negar: este cyborg del naciente siglo XXI nos recuerda, o debería recordarnos,
que aún no hemos agotado nuestra realidad y que todavía tenemos espacio para
reinventarnos.
Sí, nos podemos convertir en cyborgs, ¡¿y qué...?!
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